miércoles, 22 de agosto de 2012

Despedida

Golondrinas por el Camino de Santiago; rumbo a Portomarín


Vivir desgasta ya especialmente
porque ha llegado el punto y aparte
que nunca confié que fuera a llegar.
Hoy, especialmente duele
por vestirse de ayer.
Y especialmente lloro el momento
en el que cada acción se abandona en sombras,
y en la cantidad de sombras
que consiguen escapársele al recuerdo.

Llegan especialmente pronto
las horas que mudarán el color del presente
y de la amargura que
por amargar, alivia.
Pero "tampoco la pena dura".

Vivir estos días desgasta
porque me he dado cuenta
de que, en realidad ¡he vivido!
Pero el pasado no recobrará vida.

Especialmente duele el punto y aparte porque,
antes de que las noches se asesinen entre ellas,
ya es mi horizonte.
Y a través de las lentes de la despedida veo
que ya echo de menos.

Y veo iluminado
todo,
toda la pena malgastada y todo el amor y el odio,
todo,
por las luces negras.
Todo iluminado 
por la maldita hora
que ya llega.

martes, 14 de agosto de 2012

Collage; Baiser.1
















lunes, 13 de agosto de 2012

Waiting for the miracle


When I count the clock that tells the time,
And see the brave day sunk in the hideous night;
When I behold the violet past prime,
And sable curls all silvered o'er with white;
When lofty trees I see barren of leaves,
Which erst from heat did canopy the herd,
And summer's green, all girded up in sheaves,
Bone of the bier whit white and bristly beard;
Then of thy beauty do I question make,
That thou among the wastes of time must go,
Since sweets and beauties do themselves forsake,
And die as fast as they see others grow;
And nothing 'gainst Time's scythe can make defence
Save breed to brave him when he takes thee hence.

W. Shakespeare
Furelos, A Coruña, Galicia



Leboreiro, A Coruña, Galicia

domingo, 12 de agosto de 2012

Camus: humanismo y absurdo

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar su la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás (...) se trata de juegos; primeramente, hay que responder."
El mito de Sísifo


Página 9: "STEPAN - La libertad es una cárcel mientras haya un hombre esclavizado en la tierra."
Página 12: "VOINOV - Comprendí que no bastaba con denunciar la injusticia. Era menester dar la vida para combatirla. Ahora soy feliz."
Página 17: "KALIAYEV - Morir por la causa es la única manera de estar a la altura de la causa. Es la justificación."
Página 21: "DORA - (...) Y es preferible que desee todavía el placer a ese horrible silencio que se instala a veces en el mismo lugar que el grito."
Página 50: "VOINOV - (...) Y al final su gran grito: <<Si me encontré a la altura de la protesta humana contra la violencia, que la muerte corone mi obra con la pureza de la idea>>. (...) Cuando leí: <<La muerte será mi suprema protesta contra un mundo de lágrimas y sangre>>... Me eché a temblar."
Los justos


Página 69: "CALÍGULA - Entonces hay dos clases de felicidad, y yo he elegido la de los criminales. Porque soy feliz. Hubo un tiempo en que creí haber llegado al límite del dolor. Pero no, se puede ir más lejos todavía. En los confines de aquella región se encuentra una felicidad estéril y magnífica. ¡Mírame! Me río al pensar que toda Roma, durante años, evitó pronunciar el nombre de Drusila. Durante años Roma estuvo en un error. El amor no me basta; comprendí entonces y lo comprendo ahora, al mirarte. Porque amar a un ser, es querer envejecer con él. Yo no soy capaz de amar así. Ver envejecer a Drusila era mucho peor que verla muerta. La gente cree que un hombre sufre porque el ser a quien amaba muere en un día. Pero su verdadero dolor es más grave; es el descubrimiento de que tampoco la pena dura. Ni siquiera el dolor tiene sentido. Ya ves que no tenía excusa: ni la sombra de un amor, ni la amargura de la melancolía. Estoy sin coartada. Pero hoy me siento más libre aún que años atrás, porque me he librado del recuerdo y la ilusión. ¡Sé que nada es duradero!"
Página 71: "CALÍGULA - Todo parece tan complicado. Y sin embargo, todo es tan sencillo. Si me hubiesen dado la luna, si bastase con el amor, todo hubiera sido posible. Pero, ¿dónde calmar esta sed? ¿Qué corazón, qué dios tendría para mí la profundidad de un lago? Ni en este mundo ni en el otro, nada está hecho a mi medida. Y yo lo sé, y tú lo sabes también, que bastaría con que lo imposible fuera. He tendido las manos, tiendo las manos y a quien encuentro delante es a ti, siempre a ti, y estoy lleno de odio hacia ti. No seguí el camino que debía y no he llegado a nada. Mi libertad no es la buena. Seremos culpables para siempre. Esta noche pasa como el dolor humano."
Calígula




jueves, 9 de agosto de 2012

"Con el tiempo llega el momento en el que el sufrimiento es más una costumbre que una necesidad y, aunque parezca un sacrilegio, ya no se reprime la sonrisa que asoma a los labios."

Frankenstein, Mary Shelley

GIBA, por el camino de Santiago


El velo de la ignorancia encubre, muchas veces, la cruel verdad; al paso que la mentira, en estas circunstancias, representa la mejor compañera de la ilusión.


Veo el cielo,
veo el mar,
veo la tierra,
te veo, veo...
Ah, veo que
soy feliz.

jueves, 5 de julio de 2012

Hans


El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español cuando empezó. La facilidad para los idiomas que suele cracterizar a estos extranjeros supuso, en cambio, la adquisición de las nociones básicas de castellano en pocas semanas. Eso fue lo que me dijo cuando lo conocí. Recuerdo lo divertido que me había resultado escucharlo charlar de actualidad (asombrosamente, sabía todo lo que ocurría en el país) con aquel acento extraño, que se mantenía hablase la lengua que hablase. He de confesar que, así como he olvidado su país de procedencia, lo mismo ha ocurrido con su nombre. Por ello, lo llamaré Hans.

Me crucé con Hans en mi quinta etapa del Camino de Santiago, cuando él llevaba meses andando. Me atrae la gente poco corriente y, como ver a un anciano gordo con melena hasta el pecho y camisas extravagantes lo es, accedí a charlar con él. Al tiempo que supe de su necesidad de contacto humano, caí en la cuenta de mi error. Lo sorprendente que este hombre pudo haberme parecido algunas horas, se desvaneció al cabo de días soportando el martilleo de su voz en mis oídos y el roce sus pasos tras los míos. No solo eso, su coronilla lampiña relucía frente a mí en la mesa de cada restaurante, en la habitación de cada albergue, ¡casi hasta en cada taza de retrete en la que me sentaba! Únicamente se separaba cuando aparecían mujeres, cosa que me enojaba porque el logro de mantenerlo alejado no me pertenecía, siendo ésa mi entregada misión. Pero me irritaba más que, al hacerle el vacío, me mirase, fijamente, sonriendo. Ocurría cuando ahuyentaba a cualquier persona con la que yo tratara de conversar. Me miraba después con brillo en los ojos y hasta en las gafas, con los labios húmedos de viejo y con su pelo chorreante de yo qué sé qué. Me miraba y pedía mi mismo menú, se detenía en mi mismo claro y hablaba a mi manera. Me sonreía al levantarme, vestirme, lavarme... ¡Ni en las duchas se separaba! El crujido de las hojas bajo sus botas se fue haciendo más insoportable, el camino se fue haciendo más cansado. Pero, si me detenía, su voz de flauta lo hacía conmigo. Y me miraba y me hablaba de actualidad. Me miraba y me decía "Opino que, sé que, conozco a, intuyo que". Creía animarme con palmaditas, cuando si pensaba en abandonar era por su culpa. Y, sin embargo, lo peor, lo que más me ha fastidiado tras esa larga cantidad de semanas interminables, lo que verdaderamente consiguió sacarme de mis casillas fue que, un día, se marchó.

miércoles, 4 de julio de 2012

VERDAD

Una retorcida, una infernal mano, se abrió
para apoderarse de mí.
Sus uñas de mugre y sal
no quisieron más que acariciar las cuerdas
del arpa
que sigue viviendo conmigo.

Tu música.

Porque antes endulzaba,
cruje cantando nuevas palabras
dolorosamente bella.
Se hunde
de metal
sincera,
aquella mano gris.
Aquella que existió
sin yo saberlo nunca...
Aquella que existió demasiadas noches
y tardaste tanto en destapar
que no quise tragármela.

El tronco,
de gris y de árbol,
se ha vuelto duro aquí,
arraigando cada pasado minuto como un clavo,
como astillas
y como la roca que tengo que ser
y no puedo.

Si se abre la mano,
siento al arpa suave y dura.
La soledad
es el arpa tan dulce
a la que yo llamé amor.
Si la luz ha guiado tiempo mi bailar,
ha sido por la ignorancia
de su inexistencia.
Hablo ahora con la misma soledad que entonces
mas recién bautizada.

Por qué me la quisiste enviar.

Los dedos retorcidos, ensortijados, se extienden.
Los dedos y las uñas penetran por cada una de mis venas,
cada uno de mis cabellos y extremidades.
Todos esos dedos de estaca son también sanguijuelas que absorben hasta el alma
la sangre que había latido hasta ahora
creyendo
que latía por ti.
Chupan esperando al hielo,
a que la sangre se seque y no fluya,
a mis venas en coma que no sientan tus dedos de alambre invisible surcándolas,
los dedos de la soledad que ya tiene nombre.
Chupan esperando a que mis mejillas
olviden a la sensibilidad
para que las gotas que ruedan,
rueden siempre
sin que se noten.

No aguanto más ramas cruzadas en mí.
No aguanto la necesidad de tu voz ni la ira que evoca.
No aguanto quererte y querer que me hieras, ni herirme.
No aguanto pensar en la insensibilidad obligada.
Sin quererlo,
no aguanto escribir más poemas
o lo que tú quieras que sea esto
para que te los lleves.
No aguanto que el apretar de dientes sea tuyo,
ni el dolor,
ni el hueco que ha dejado la felicidad.

 



martes, 5 de junio de 2012

Avenida Langeweile

     Aceras mojadas, escaleras mojadas y puertas mojadas. Sobre el olor a neumático y humedad se yergue la mañana, luciendo tan acorde que se ha limitado a teñir el aire de blanco y gris, reservándose para sí el sol. La Avenida Langeweile es más claustrofóbica cuando el cielo imita el color de sus edificios, de sus paredes. Es otro pasillo más de los cientos de entrecruzados corredores de la ciudad, que ascienden y descienden serpenteando, hundidos en hormigón y ladrillo. La Avenida Langeweile es todas las calles, desemboca en todas las calles. Por la Avenida Langeweile se arrastran todas las suelas. No hay huella que no perviva en la Avenida, porque todas las manos del mundo esperan en Langeweile. Todas la recorren sin saber que, en realidad, lo que buscan es salir.

     La pronunciada cuesta de la Avenida resbala en invierno. En el asfalto, la capa de humedad que el aguacero de la noche anterior ha dejado no tarda en congelarse, convirtiéndola en una verdadera trampa para todo aspirante a atravesarla sin suficiente cuidado. Una trampa universal. La pendiente comunica, entre otras muchas zonas, con una plaza de piedra ya transitada desde primera hora de la mañana. No hay fuente ni esculturas, solo bancos en sus extremos. La plaza da más impresión de recibidor, que de plaza. Al fondo de la explanada, puede contemplarse cómo se eleva pesadamente un considerable edificio pálido. Se trata de la razón de la gran cantidad de visitas y caídas por la pendiente en aquel extremo de Langeweile. Son pasos largos y prietos los que logran golpear el resbaladizo granito, revestidos de negro o marino, encapuchados de gabardinas oscuras. Decenas de hombres delgados y altos, con relucientes y comprimidas cabelleras de charol, pasean sus sombreros y maletines de cuero a gran velocidad. Decenas de ojos fijos en el mármol del edificio Langeweile han puesto en él su destino, sin apartar ni un punto sus pupilas. Decenas de maniquís carentes de párpados, a toda velocidad, surcan el hielo sin reparar siquiera en la inestabilidad de sus vertiginosas zancadas. La entrada de El Edificio, tan grande a pesar de su lejanía, observa desde elevada altura, desafiante y displicente, a todos aquellos que se le acercan. Así, hasta su puerta, revestido el marco con adornos aparentemente jónicos, se elevan escaleras blancas, con vetas grises y manchas de impasibles botines que casi las sobrevuelan. Como un embudo funciona el tiempo, atrayendo filas, filas y columnas de caballeros, horriblemente similares. Todo Langeweile parece entrar, una y otra vez, en el mármol. Entra sin parar. Todo Langeweile, sin terminarse nunca, con su trajín y sus máscaras, con sus ojos helados y fijos. 

     Esconde el mármol fuego en la fosa Langeweile.