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miércoles, 6 de marzo de 2013

Variation I







Isabel Gómez Rguez

sábado, 2 de marzo de 2013

"Aria"







Isabel Gómez Rguez

miércoles, 27 de febrero de 2013

27/02/2013 - Evolución en tormenta de una lluvia de ideas

He dejado de escribir, verdaderamente, durante meses. Mi burdo pretexto fue creerme ocupada. Dedicada a los estudios. Sin embargo, he de sincerarme. Me invento demasiadas cosas. Simples excusas para mantener a mis esqueletos alejados. Quizás sea una demente. No voy a decir que no lo haya conseguido (espantar a los esqueletos). Quedaría bien. Me encontraría mejor. “Oh, dios, no consigo auto-engañarme, no puedo dejar de ver la vida tal y como es, soy una triste intelectual acosada por sus tristes pensamientos”. Una desencantada, una insatisfecha, una incomprendida... No es cierto. Contra mis expectativas, he visto mi credulidad, he sido tocada de lleno por ella ¡Soy una más! No es que pensase que, efectivamente, los fantasmas se hubieran marchado para siempre, no llego hasta ese punto, mas he vivido un periodo de relativa calma. No de paz; sino de vaciedad interior. Cierto, eso no me ha satisfecho, pero he aquí mi alivio envenenado. Y he de reconocer que no está tan mal. Cada cual recurre a lo que puede y a mí me deprimen los juicios de valores de los desconocidos. Bueno.


Cuando era niña estaba convencida de que los muertos iban al cielo. Como tantos otros niños. Pensaba que allí estaban, y que los espíritus eran invisibles. Me atormentaba la duda de si se verían entre ellos. A veces me preguntaba si, rodeada de azul celeste, me encontraría yo con todo el mundo o si todo el mundo estaría por allá sin saberlo. Todos juntos y sin vernos, después de tanto tiempo. Todo azul. Qué horror. Yo, si me muriera, tendría que ser una niña, ¿y el resto? Si todos fuésemos niños, no reconocería a mis abuelos ni a mis padres cuando subiera ¿Qué hacer? De todas formas, sería horriblemente injusto que fuesen viejos para siempre, si yo iba a ser pequeña. Entonces me remordía la conciencia por no haber querido antes que se convirtiesen en niños como yo. En cualquier caso, estaba convencida del cielo. Y de la tierra. En el fondo de mi ser, sabía que los muertos invisibles nos observaban. Bajaban a la ciudad y, los que nos echasen de menos o nos encontrasen interesantes, nos seguirían sin ser vistos por los vivos. Cuando iba en el autobús escolar camino al colegio, algunos días me imaginaba que me seguían personas de mi familia que habían fallecido antes de que yo naciese, para conocerme. Me las imaginaba volando entre los coches, rapidísimo. Confiaba en que, por ser muertos, adivinarían los sentimientos. Yo me sentía feliz porque me agradaba imaginarme en compañía de personas que tenían curiosidad por lo que hacía y que comprendían que me hallaba cómoda entre ellos, aunque conociese su secreto. Intentaba no defraudarles en ningún momento y me fijaba en cada cosa que tuviera que hacer para que estuviesen orgullosos.





Si ahora me vuelvo a sentar frente a frente con mi reflejo es porque, por la puerta de atrás del habitáculo en que duermo, los esqueletos han ido entrando despacio. Isa, no has cambiado tanto. Han amueblado al completo mi mente. Otra vez. Cuánto tiempo, en el fondo lo echaba de menos. De ahí lo envenenado del vacío: si era una patraña desde el principio, no sé de qué me extraña que lo haya sido hasta el final. En fin, se han colado. Ahora ya está. Lamento que haya sido hoy -se amontonan demasiados- cuando me he tenido que dar cuenta. Una oleada de abandono mientras él estaba aquí y he abierto los ojos. Exactamente, cuando estaba recibiendo un abrazo, mientras miraba los árboles que hay a continuación de mi cuarto. Sorpresa. Todos juntos otra vez. De nuevo soy una triste. Seguramente lo que necesite sea dormir. 


Llueve y nieva al mismo tiempo. Un pájaro enorme, blanco y negro, cruza de derecha a izquierda mi ventana. Una y otra vez, una y otra vez. No sé qué pájaro es, pero ¿cómo va a ser un gorrión? ¿Cómo serán los grajos? Nunca había visto nevar tanto y no me sorprende. A lo mejor sí lo he visto alguna vez. A lo mejor he visto muchas cosas, si siempre ocurre lo mismo. La nieve es un mal augurio últimamente. Me levanto de la cama, me siento en el hueco que hay en el suelo junto al retrete, vuelvo a erguirme. No me atrevo a arrimarme a los cristales, por la curiosidad. No por la mía, ojo. Soy una persona extraña, me han dicho. Opinan los que deberían carecer de opinión, pero yo no soy capaz de depositar más de dos lágrimas en el mismo sitio. Insensible. Por eso voy de un lado a otro. Me asquea tener que recurrir a hablar de mí misma conmigo. Vuelvo a la cama. No sé qué importará, así como generalidad... Espera. Me siento frustrada y un poco menos sola desde que se ha marchado. Eso no es bueno. Me aburro de mí, no me gustan las impresiones que dejo. Es mio el problema. Ayer me crucé con un sudamericano viejo que fijaba carteles en un muro, rodeado de niños saltarines. Estoy cansada de escribir y de cómo escribo. No me voy a encontrar aquí. No quiero encontrarme. En el metro he estado hablando con ancianos, si es que no he estado leyendo. Me harta tener que vérmelas con mi monótono estado de ánimo. Debería hacer cosas en vez de dármelas de artista. No lo soy. Nunca voy a ser una artista. No es un drama, no me quejo. Mi habitación está sucia de serrín y yo llevo la misma ropa de ayer. Vuelve a nevar porque ha dejado de llover, que no es lo mismo a que haya dejado de llover porque ha empezado a nevar. Eso es lo que pasa y nada más, y creo que no podré ir a comprar las pinturas que necesito. No sé si quieren algo de mí, ni qué quieren. No. Tengo que pensar en mis tareas. Después de mucho cavilar, al final habré entrado en razón. Los árboles son estacas de madera que, en una terrorífica explosión de dolor, han sido petrificadas. Son líneas retorcidas de sufrimiento; me da grima observarlos. No es tan raro. Los copos parecen trozos de serrín sacudidos por una ventana, de una alfombra de proporciones inimaginables. Lo que va a pasar al final es que vamos a acabar todos perdidos.




Isabel Gómez Rguez

martes, 12 de febrero de 2013

este once de febrero

Pequeña introducción:
Ayer nevó en Getafe. 
Ayer serví de apoyo a un compañero. 
Ayer se sentó frente a mí la mujer más borracha que vi nunca.



este once de febrero he visto
el paciente y tembloroso caer
de una nevada ligera y fina
remolinos blancos tan lentos y el
cielo azulado de puro frío
me vi y vi la palidez de pasos
míos mojándose a mis espaldas
vi mi huella y mi estrecho camino




este once de febrero he visto
manar sangre de la nariz de mi
amigo cuando nadie lo hubo
tocado he visto gotas rojas
y el terror que deja la noticia
del irrevocable testimonio
de la muerte  he visto llorar a
mi amigo en la estación margaritas
y yo me he visto abrazándolo




este once de febrero he visto
a una mujer más lenta que el caer
de los copos tras los ventanales
una mujer roja con abrigo y
cara y manos y quejidos rojos
rubíes del vino en ella he visto
la vergüenza que provoca ser
la he visto restregar con sus manos
carmín sus dos encarnados pechos
y una única media en sus dos pies
me vi a mí a mí en ella abandonada

miércoles, 6 de febrero de 2013

El polvo, la sombra, la herida

La sombra, 
la herida, 
el polvo

escriben añoranza 
por verse sentenciados a balbucear 
ante una costra 
que nunca ha entendido sus palabras. 

La desesperanza está escrita. 
Encarna cada hueco. 
Es plenamente consciente 
de que no está en su horizonte, 
algún día, conocer 
la fugacidad de tu aliento

La herida, 
el polvo, 
la sombra

escriben apego
Afecto, incluso, a la tristeza. 
Al velo bordado de melancolía 
que ante ellos torna tus labios 
en quedo e insensible silencio. 




Háblame

Escribo ansiedad, 
angustia, 
hambre
Me desahogo sin mencionarte. 
La sombra, la herida, el polvo, 
¡escriben para ti!
A ti me dirijo. 
Y sin poder decirte, te digo.
Te digo.




Añadir 
que mi veneno ensartado entre frases 
 no reclamará de ti lo que no sea aire. 
Que me he encadenado tu tranquilidad al pecho.


Isabel Gómez Rguez

martes, 29 de enero de 2013

Leben (3)


Como iris, 
seré azul, pero 
he perdido. 

Como manos, 
recuerdo el roce, mas 
no me creo. 

Tampoco, 
como tiempo que soy, 
conservo un solo grano de arena 
que atrás supo convertirme 
en reloj, 
en pirámide centenaria y fina 
(esperanza no sé si cierta) 
de aquel segundo irremediablemente pasado. 

No siento, 
como Isabel, 
nadie, ninguno, 
ni una mísera parte 
de tantos años 
conmigo. 




Ahora 
 dicen que no hay sino aguijones, 
dardos calados de un rojo tan oscuro 
que ni puede verse 
¿No sería bellísimo 
un quejido así? 

Han levantado el vuelo 
todas las miradas 
hacia el abandono; 
dicen 
que ha sido de escarcha 
la mujer que he parido tejiendo 
durante años 
excrementos de lo irrelevante. 



3 

Me habré encerrado 
en la eternidad solitaria 
del tiempo espiral 
que aísla al olvido;
en la que he escogido vivir. 

Por guardar, 
no guardo 
un solo latido, 
un golpe ahogado, 
o un susurro imperceptible 
de la nostalgia.

viernes, 25 de enero de 2013

Hoy (no) es martes de Carnaval

Este poema es, en realidad, una variación de otro publicado hace dos años, en este mismo blog, titulado Martes.






Martes de Carnaval es Carnaval 
por diversos motivos. 
Los trajes de brillantes, que no resplandecen, 
y las chisteras de colores invisibles, por ejemplo. 
Las caras miradas diferente cada día 
que son bellísimos esbozos 
del miedo. 
Carnaval.

Es Carnaval 
y todas las pinturas portan disfraces 
de tonalidades pastel 
para borrarse. 
Todas. 
Carnaval. 

 Es Carnaval 
porque llega con el famoso director de orquesta 
el durísimo látigo verde 
de la desesperanza. 
Es verde ironía
 este azote. 
Vara verde, negra y amarilla. 
Carnaval. 

Es Carnaval. 
Amanecer de destellos magenta 
con intermitente olor a oro escondido 
entre la carne muerta 
cada mañana, 
Carnaval. 

Es Carnaval 
y las monedas 
jamás osarían reconocer su traje 
rojo carmesí. 
Carnaval. 

Es Carnaval, 
Carnaval. 
Por las monedas es hoy Carnaval. 
También 
la piel de la sangre, que es rugosa, es eterna, 
eterna como esta tensión muda,
y el desorden sin movimiento 
que es 
perpetuo 
aquí, 
como 
imperturbable 
Carnaval. 

Es Carnaval.
Carnaval. 
Es un martes cualquiera, 
aunque no me entiendan, 
Carnaval.

Isabel Gómez Rguez

jueves, 17 de enero de 2013

Eres, en fin

Mirándome más allá de mí, noche,
eres dos soles negros.
Dos estrellas calcinadas.
Eres dos profundísimas fosas,
mi obligado e irrevocable mortuorio.
Eres, en fin, dos lágrimas de carbón
cercadas por inalcanzable ceniza,
y el más letal de los fuegos.
Dos caderas y dos llamas,
dos dolores en mis dos pechos
y dos llamamientos a un llanto
incapaz de huir de mis entrañas.

Nunca había sido
tan víctima
de mis propias tinieblas.

Eres dos voces.
También dos gargantas
igual de muertas.
Eres un par de manos demasiado húmedas,
hastiadas, cansadas de vapulear
el tan gastado bastón de ciego
que yo me he desvivido por representar.

Pero es que eres el espejo del mundo.

Isabel Gómez Rguez