miércoles, 14 de noviembre de 2012

Confesión






























Confieso no saber cuál es esta época mía

sábado, 10 de noviembre de 2012

Cat Stevens



El Paseo de la Castellana y la lluvia y los árboles y el otoño y el gris


Instagram: @isagomezrguez

Aquella mujer vomitó en el metro


Aquella mujer vomitó en el metro
yo lo he visto
y nadie se levantó a ayudarla.
Ni un alma,
ni una sola,
se movió de su asiento.
Solo fuimos dos,
apenas dos personas
las que nos volvimos para mirar qué ocurría.
Meritorio, supongo.
No,
No puedo decir que existiera excusa aquella vez,
la excusa de no haberse enterado.
No existía excusa porque
el vagón entero resoplaba,
jadeaba por ella.
Ella, que estaba en pie.
En pie, digo,
y de espaldas
a mí,
a mi asiento,
a donde yo me encontraba.
Allí tras haber enmudecido al mundo entero al renegar de sus entrañas en un solo segundo.
Y antes había estado también allí y de la misma manera,
también en pie y
aferrada a su barra, a sus puertas de salida
que no se abrían aún,
aferrada y dispuesta 
a marchar.
Y digo que fue entonces,
y solo entonces, 
¡entonces y de repente!
Cuando se escuchó el inconfundible ruido de las jarras de agua al vaciarse,
cuando alguien las vuelca
de golpe.
Toda la furia de la ciudad entera se pudo haber estrellado contra el suelo
y resoplado
y ni aún así.
Así
sucedieron los acontecimientos.
Y yo lo reconozco.
Reconozco también que en un primer momento juré que la bofetada de líquido que había azotado al suelo era agua,
sólo agua,
que de verdad era una botella volcada y nada más y
miré a ver y la miré a ella a ver porque
quise comprobarlo y 
vi
que no,
que nunca existió botella,
ni furia del mundo,
ni agua de ninguna clase.
Que era ella,
era ella la que se palpó la frente,
la que dobló su revista,
y era esa misma revista que hasta el momento había sostenido entre las manos que ya cargaban con toda la indisposición que un cráneo es capaz de apresar,
era la revista empapada,
y ella la que se desabotonó el abrigo
sucio, muy sucio.
Y como si lo hubiera pedido,
fue ella la que impuso el silencio.
Todo ocurrió así.
Los acontecimientos se sucedieron
tan rápido como el silencio se sucede a veces.
Y viajamos en un sepulcro
al que nadie tuvo el valor de mirar
ni de exponer su cara,
ni sus ojos,
ni su piel,
ni su desnudo.
Aun la imagen fue luz en la mente de todos:
ella, claro.
Sus manos se aferraron a la barra para sostenerse
seguramente cabizbaja, para
¿otra embestida quizás?
Era una evidencia,
una evidencia que no requería de pupilas de nadie y
mis sesos fueron asimismo conquistados por el sepulcro.
Sí, mis sesos también,
y contraataqué clavando una flecha de vacío en su espalda 
que subía, que subía y que bajaba,
y la hendí en su pecho,
refugio de tantos suspiros.
En su pecho y en el mío también
que, como si la aniquilara,
sentí la nada conmigo y mi sepulcro.
Pero no llegué a pensar
en ningún momento.
Y se abrieron las puertas
y se presentó su salida
y huyó y 
tambaleante, se prendió de la única mano que quiso socorrerla y era
la salvación,
su salvación.
Un banco.
A través de la grasa de los cristales,
entre las cabelleras de los pasajeros,
se sentó:
piernas abiertas y frente contra el suelo
y sus dedos
me prohibieron verle la cara nunca más.
Nos lo prohibieron a todos.
Y ya se cerraron las puertas,
y se hizo el ruido
Yy los comentarios y las risas y el monótono silencio
que nunca tuvo que ver con ella.
La escena ya se había evaporado,
se desvanecía con aquella mujer
y arrancamos.
Y al arrancar pude pensar y pensé:
“Ojalá alguien la ayude..."
Pero entonces, 
entonces mierda.
Y de verdad que mierda
y que solamente mierda
porque entonces llegó el odio.
El odio al metro y a la gente y a la humanidad entera,
el odio más inmenso.
Odié
y me odié,
me odié y me odio.
Me odié profundamente.

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Mamasunción", de Chano Piñeiro



Este es un muy, muy recomendable corto sobre la emigración en Galicia y los años de posguerra. Y lo es, más todavía, para los que estén "lonxe da casa".

jueves, 1 de noviembre de 2012

Lo han anunciado como un recital poético

Niña durmiendo, María Blanchard



Cantan.
No me cantan a mí,
pero cantan.
Y no sé por qué cantan,
ni cómo pueden atreverse.
Menos aún entiendo
qué hago yo,
qué hago aquí,
donde cantan.
Donde hay que estar
una hora oyendo frases
tan huecas y sordas.
Una hora sin escuchar y
una hora
en soledad,
en transparencia,
siendo nadie.
Una hora
como tantas.

Las ventanas
no sienten el rasgueo de la guitarra
que también canta;
las ventanas brillan.
Y grita más la luz
de las farolas
que el íntimo baile
de las cuerdas con los dedos.
Y escucho más al neón
de las verdes cruces de farmacias
que el cantar
de todos los que se hacen llamar poetas.
Es más sangriento
el rojo de cualquier coche,
de cualquier intermitente,
que la sangre.

Otra voz:
la voz
de esta mujer más,
golpea;
maltrata al aire escondido
en las diez esquinas
de la sala
y el de las otras diez
de mi mente.
Una hora y ya no queda más cerveza
y, por eso, sé
que yo soy
la única
que no debería estar aquí,
en recitales de gárgaras.
La única que
no es personaje
en ninguna parte.
Una hora 
y se ha terminado la cerveza;
una hora y pienso
en volver a casa.
Pienso, sí, en
qué casa seguiría siendo mía y
en cuál lo ha sido alguna vez.
Una hora y
¿y si volviera?
Si volviera,
si volviera o si no,
sería lo mismo.

miércoles, 24 de octubre de 2012

miro al techo y
veo preguntas que
me cuestionan tanto sobre
sobre todo
sobre
qué hago aquí

interrogantes papeles
tinta interrogantes

el vacío no
no pregunta porque
no
no es más que 
la duda
y yo

domingo, 21 de octubre de 2012

Mi Casa



Llueve.
Sobre La Casa de la Risa, llueve.
Y lloran los muros
a cara descubierta,
que hace frío...
Pero dentro
las habitaciones están a reventar de máscaras
en La Casa de la Risa.
Máscaras doradas.
Oro para encontrarse
y oro para tocarse
en las noches malvas
que, aquí, son infinitas.
Para eso hay trapos en todas las ventanas.
Para eso y por evitar que se cuele
un brazo pálido
de soledad
(la manera de exagerar las carcajadas
es oscurecer aún más el negro,
en La Casa de la Risa).

Llueve.
Pero el cielo no logrará nunca, lloviendo,
borrar al rojo;
al rojo,
que es el único conocedor
de la cara del ladrillo.
Y así es que, como ésta,
aquí hay tantas llaves escondidas
que dormirán siempre...
Siempre.
Siempre se acumula el llanto en las resacas...
Pero suelen reír todos, sin gracia.
Siempre ríen.
Éste es,
éste, el calor de la que debo llamar casa
porque yo también estoy obligada
a mantener bajadas
todas las persianas
de La Casa de la Risa.

martes, 2 de octubre de 2012

Ya sé de mí

La toilette, Toulouse-Lautrec

Por fin,
Ya sé de mí
Por este dolor de garganta terrible
Y el frío ansioso de agua
Que el fango
Que me aprisiona hasta las caderas
Anhela.

Sé de mí
Que la traición descansa
Sobre los regazos
Y tiene cara de hombre
Incluidos el beso y el sexo y las gasas
Que pretenden sanar las heridas
Y en cuyas manos reposan
Tantas mutuas faltas de respeto.

Sé de mí
Que soy un error
Por el barro que me envuelve.
Él me lo ha confesado.

Sé además
Que el verdadero motivo de la escarcha
En mis hombros
No es ni el azul, ni Madrid, ni las noches,
Sino la falta de mi propio corazón;
Al cuello o sobre el pecho,
Qué más daría
Tras haberlo extraviado queriendo
Sin quererlo.

Sé de mí
Que estos pinchazos
Son la verdad que se me acumula
Allí de donde expulsé al calor.

Sé, por otro lado, que
¡Es la consciencia!
La consciencia
De un nuevo no amar
Amando durante,
Sin embargo.

Y sé por último
Que no pasa nada.
Tampoco yo lo entiendo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Exilio en Juan XXIII

¿Cómo se me ocurre querer ser pensada
si ni yo misma me recuerdo
todas aquellas veces que fui?
Si no me he vuelto invisible
quisiera saber
por qué no me encuentro.
Y si sí lo soy,
por qué aquella otra
se ha despojado de mí.
Y por qué cuando me he marchado
no ha ido
adonde hay cristal.

Caminar aquí es literalmente circular
por laberintos sucios y transparentes
de un color verde de hospital,
como las vueltas y las máscaras y el mareo constante
que sabe a enfermo y huele a gente y a plástico.

El mar ya no es mi horizonte.
Me da miedo que también me haya olvidado.

Aquí lejos
me he perdido
y creo que a ti conmigo.
No te enfades si confieso
que ni siquiera guarda mi memoria al aire
que dieciocho años he guardado en la misma caja;
desde el mismo momento en que también huyó.

Siento en este tiempo
que se detiene sólo entre mis cejas
que la velocidad tan agresiva
no quiere ni tocarme.
Siento que la corriente se me escapa
llevándose con ella al mundo entero;
remándose en ella misma
y en millones de voces
de esas caras grises y mudas
que no van a mirarme nunca.

Si mi habitación es un túnel deshabitado
es porque el polvo de sus esquinas
no va a ser jamás mío.
Y si repito tantas veces que mi casa no es ésta
es porque, lo siento, yo la he cargado con la culpa
de que mi reflejo en tus ojos
se haya secado.

Temo que por siempre.