Sin luz... De negro vestida, esta jaula pinta más grande. Oscuridad son solo prendas.
Sin saber de mis ojos, yazco. Este infinito se mofa de mis costras de envidia. Se burla por ser observado; el deseo de una febril mente con demasiadas noches, pero sin dormir.
Tengo los sesos irritados de sus ladridos de hiena. De que sea suya y no mía la libertad.
Envuelta en las ropas de cien mil agujeros, sudo. Me ahoga respirar esta mentirosa inmensidad.
La que yo quiero.
Pero,
luces de neón vomitan su reflejo sobre la ventana. Una. Una y otra vez. Menos, pero irremediablemente infinitos. Arrojando sobre mi ser el recuerdo del existir.
Con miles de miles y más murmullos me matan viviéndome. Siempre la noche olvida junto a mí el recuerdo.
Apenas sí se distinguían los individuos tras su ruido y frenética actividad. Los agudos cláxones parecían mantener su acostumbrada conversación, insultándose y devolviéndose los insultos, acompañándose por cientos de cuerpos grises, aparentemente sordos. Mientras contemplaba impasible la monótona escena, permanecía atento a las casi inaudibles pisadas del niño, tras él, por la habitación. Estaba seguro de que el pequeño había notado su nerviosismo en cuanto subió al piso y lo encontró distribuyendo por el mísero habitáculo en el que vivían grandes piezas de fruta. Tan inmerso estaba en sus pensamientos que, al descubrirlo, se limitó a proferir un pequeño “truhán” parecido a un gruñido. En su lugar, solía recitar la rutinaria reprimenda a la que tenía tan acostumbrado al chico, tras cometer sus indebidas hazañas por los puestos de comida de la Calle Principal. Esta vez no. Y aunque para entonces ya estaba de espaldas, de cara al ventanal, supo el gesto de extrañeza que surcó los claros ojillos de su sobrino, quien permaneció a la espera del hombre, para comprobar qué escondía tras ese abstraído semblante.
Unos cuantos minutos de silencio y se escucharon varios golpes sonoros, intercalados con algunos débiles, al otro lado del cuarto. El niño se levantó a abrir, pero el viejo apuró tanto el paso que en un par de zancadas lo adelantó y se dispuso a liberar la gastada plancha de madera, tan acorde con la casa entera y sus mismísimos habitantes, de cerrojos y cadenas de seguridad. Con un chirrido, la puerta dejó a la vista unos profundos ojos oscuros, procedentes de una cara tapada con una bufanda oscura hasta la nariz y un gorro que cubría las cejas. El portador de esa penetrante mirada entró cómodamente en la vivienda, dándole una palmada en el brazo al hombre y dejándole al pequeño el pelo alborotado por una juguetona caricia. Avanzó hasta el fondo de la habitación y se despojó del gruesísimo abrigo, guantes, gorro y bufanda, apoyándolos en una silla y mostrando, casi sorprendentemente, un menudo cuerpo de mujer con simplísimas ropas y un sonriente rostro, acorde con sus largos cabellos rubios.
- A ver, profesor, ¿qué es lo que habéis hecho esta vez?
No contestó. Dio algunas ropas a su sobrino y, para el asombro de éste, lo acompañó hasta la puerta, depositó en sus manitas unas cuantas monedas y cerró tras él. Después, le indicó a la chica que se sentase, para hacer él lo mismo. Se arregló los bordes de su poblado bigote, se pasó la palma de la mano por la reluciente coronilla y comenzó:
“Ayer. Ayer fui con el chico a la editorial. Como todas las mañanas… tampoco es ninguna novedad. Yo pensaba que quizá esta vez fuera diferente, no sé, tenía una especie de presentimiento de que aquella mañana sería diferente a las demás. De camino, lo perdí un rato. Luego apareció con una bolsa de caramelos y una reluciente sonrisa. Siempre está igual… Mi charla sobre su falta de moral duró hasta el mismo despacho del editor. Recordé con satisfacción esa corazonada mía cuando, sin yo creérmelo demasiado, el rollizo y altivo joven guardó mis escritos en lugar de devolvérmelos o tirármelos ante mis propias narices. Poco me duró el gozo cuando, de repente, noté una fuerte mano sobre mi brazo levantándome, al tiempo que el arrogante ése me sonreía. Un corpulentísimo guardia me llevó hasta la salida, arrastrándome prácticamente ¡a mí, un viejo! Mientras, Pablito corría tras él. Yo me limitaba a hacer gestos al pequeño para tranquilizarlo, pero a la salida me horrorizaron sus ojos tan abiertos al ver cómo contemplaba la serie bofetadas que el funcionario me arreó en la cara. Casi me dolió más la mirada de mi sobrino que el golpe. No debí traerlo conmigo…
- Al próximo intento de publicar insultos semejantes, acabará sobre ti algo más que una somanta de ostias, viejo.
Bueno, yo simplemente me limpié la boca y agarré de una mano al mudo Pablito, para llevarlo lejos de allí. Caminamos hasta el parque La Libertad, donde se soltó de mi mano y se alejó, así que me senté, esperando a que se tranquilizara y volviera. En efecto, apareció, y con una bolsa caliente de castañas. Entonces, su carita repleta de pecas se me acercó con un gesto de compasión y rara madurez, y me besó la mejilla. Le reprendí poco por las castañas. No me apetecía gritarle después de aquello, así que acepté su modesta invitación y nos saciamos lo que pudimos en aquel helado mediodía. Rumbo a casa, cruzamos Plaza Concordia, donde, como sabes, hay un gran reloj. Recordé que tan solo faltaba una hora para nuestra reunión en la casa de Nuno. Decidimos ir directamente por el frío. A él no le importó nuestro adelanto, y nos invitó a café mientras os esperábamos. Fumaba como un poseso, se notaba que estaba nervioso por lo de esa noche. Me relató una y otra vez cómo Raúl había conseguido organizar a todos y cada uno de los obreros de la fábrica para la huelga, que si cogería por sorpresa a los patrones, que si los empleados no se merecían un trato como aquel, que si habíamos llegado a un punto en el que valía más el producto final que el propio productor… Entonces, para la grandísima alegría de Nuno, Raúl surcó animoso la puerta. A pesar de vérsele un poco consumido, tenía muy buen aspecto. Le brillaban mucho los ojos y era incapaz de no sonreír. A Pablito siempre le había llamado mucho la atención el contraste de su blanca sonrisa con el de su piel oscura. El caso, es que tu novio había venido con el claro objetivo de pedirme consejo sobre cómo llevar a cabo la huelga. Se le veía con ilusión y fuerza, tanta, que me temía que quizás no se quedase en una simple parada de la producción y que, probablemente, alguno de los trabajadores, seducido por las palabras de ánimo, se dejase llevar y provocase un alzamiento. Le aconsejé fervientemente que no lo hiciera, pero no simulaba escucharme, a pesar de que era él quien me hacía continuas preguntas. Estaba demasiado excitado. Luego, pasamos al tema de siempre: actualidad. “Increíble encontrarnos en un régimen represivo cuando hace casi cincuenta años aquí había democracia. La avaricia ha hecho que acabasen con todos los derechos que tanto tiempo han tardado en gestarse. Esto es una vergüenza ¡No podemos quedarnos de brazos cruzados!” Entonces, llegaste tú. Recuerdo su mirada al verte… La recuerdo tanto, que me duele. Podía tocarse el amor que sentía por ti, ¿sabes? Pero no hace falta que te cuente lo que ya conoces.
Esta mañana vino Nuno a verme. Me pidió que bajase a la calle, concretamente me condujo hasta un antro que no había visitado nunca. Estaba a reventar de gente, tantos borrachos a las siete de la mañana… Cómo cambiaron las cosas. “Te traigo aquí porque con el ruido se habla mejor. El silencio escucha.” Hasta que lo vi desde esa cercanía, no me había percatado de que sus ojos parecían dos brasas, y su voz y manos ya no temblaban del frío.
La pasada noche, en la fábrica, la actividad comenzó como en cualquier otra jornada. Las 8.30 y todo el mundo trabajando, sin hablar unos con otros. Me dijo que, sin embargo, absolutamente cada uno de los obreros conocía las palabras que Raúl se había concienciado tanto en extender. Llevaba días trabajando para esa noche. Todo tenía que salir perfecto. Sería la primera huelga en cuarenta años. Les enseñarían a los patrones que “proletario” y “esclavo” no son sinónimos. Nuno, al igual que todos los días, se hallaba junto a tu compañero. Ambos esperaban ansiosos a que dieran las diez. Ése era el primer paso del plan y el único que se cumpliría sin importar qué ocurriera antes o después. Las diez, por fin, y la máquina profirió un bramido estridente que hizo sobresaltar a todos los trabajadores. La cadena de producción se paró y los obreros se miraron unos a otros. Al fondo, alguien agarró una herramienta y comenzó a golpear con ella el suelo. Poco a poco, se le unieron más y más golpes, hasta que parecía retumbar la fábrica entera como si de un instrumento de percusión se tratase. Todos sentados en el suelo y, Raúl, en pie, sonriendo, aplaudiendo. Poco importó que los patrones acudiesen a llamar la atención, el ruido era tal, que apenas se les escuchaba. “Parecíamos estar soñando, sobre todo él. Ese gesto suponía una gran victoria para nuestras vidas. Un logro que tiempo atrás ni hubiéramos podido imaginar.” Así acabaron la jornada, orgullosos y satisfechos de su valentía y compañeros. Poco a poco, se fueron marchando, hasta quedar únicamente nuestros amigos. Se abrazaron mil veces y comentaron lo que eso supondría para su porvenir con voces temblorosas. “Jamás lo había visto tan feliz.”, me comentó tiritando, “Pero entonces alguien me agarró. Intenté soltarme, pero estaba inmovilizado. Noté la fría dureza del metal en mi sien y miré a Raúl. Dolorosamente sereno, me dijo: “Tranquilo, Nuno, a ti no van a dispararte”. Se hallaba en la misma situación que yo, pero quien lo apuntaba no le tapaba la boca. No pude ver de quién se trataba, llevaba la cara cubierta. Lo intenté. Querían que se supiera. Querían que su castigo se supiera ¡No tienen escrúpulos! Raúl cerró los ojos y…””.
Entonces se oyó un gran estruendo. La joven, con la cara inundada en lágrimas, se levantó chillando y tiró la mesa sobre la que segundos antes se apoyaba. Gimiendo, se dejó caer en el suelo, desconsolada. Y, con el rostro deshecho y la voz rota, miró al anciano:
Un “¡Quema a dios!” y otro “TAC” sobre la barra, al depositarse con fuerza el pequeño recipiente de cristal. A mí también me quemaba al principio, una especie de llama que acaricia la punta de la lengua hasta el corazón y el estómago, pasando por las sienes. “¡Joder, cómo rasca!” Pero no sé si me arden las entrañas por sí solas o si es que chillan por las agujas que ha depositado el alcohol en mis sesos. Parece que nadie se está dando cuenta de todo este ruido que chirría en mi interior, pero si cierro los ojos se camufla con la música, a cada ritmo y a cada movimiento de esta masa… Pesa tanto y tira tanto, que es como si me golpeasen en la frente, exceso de volumen o defecto de silencio. Quisiera yo también chillar así, pero no de esa otra forma que se escucha desde fuera, pues Ellas están chillando y riéndose mientras. Mientras me ahogo en mi sudor y en mi sangre, y en mis ganas de arrancarme de una vez el pelo y los ojos y las pestañas, y clavarme las uñas hasta llegar a todas esas bocas que no paran de chillar. Si Ellas, mientras, supieran lo que es un chillido… Se callarían, si escuchasen estos alaridos que yo escucho, los alaridos del corazón. Pero las veo llenar sus pupilas de luces y ralentizar sus cabezas. Todo va tan lento si lo piensas… Viajan al mundo de lo simple, del calor, del sueño… Y yo ni soy quien de herir a mi sombra, tan si quiera tocarla. Ni se inmuta ante el oleaje de este sofocante veneno etílico, pues sigue hablando; billete a la pesadilla, ceguera y pesadumbre, incapaz de tapar el único agujero por el que ahora siento. Y así empujada soy, lentamente, a la locura en esta oscuridad latiente.
Quisiera pedir a todas estas bombillas que dejasen de mirarme y se escondiesen, pero no va a servir de nada. Es que su luz me llega, y temo que me ilumine por dentro. Yo sí que no puedo huir de mí. No quieren dejar de parpadear ni quieren dejar de estar al observarlas. Y si me voy ya me he mojado de otra copa y de otros hielos, como si el frío ansiara por adherirse a mí un poco más. Y escapase el humo, ausente, de otro cigarrillo. Ahora me preguntaría, pero no creo que pueda pues, aunque sude, los chillidos me están congelando las entrañas. Hoy sé que no se callarán… Pero hace tiempo que me resigno, sé que ni aun estando borracha, conseguiré llorar. Me ha secado el dolor de cabeza y este mareo y esta esponja que supone el mundo. Una planicie de sencillez compleja, baúl de la peor de las soledades fundida por millones de manos y cabellos, que no mentes, al fuego de la superficie material. Calentada por el sol, o la luna, o este mismo mechero rosado que hasta hace un rato guardaba en el bolsillo y ahora luce encendido, presidiendo la larga estela amarilla que él mismo ha abandonado, brillo opaco que reluce en húmeda frente dolorida, poco perceptible por unos párpados semicerrados, pero tan tranquilizador... “¡Apágalo!” No entiendo qué les importa. Y, mientras, Ellas siguen riendo, bailando, cantando, tan carentes de emociones que valga la pena estudiar, pero si supieran… Y si supiera esta araña inmóvil de entre las botellas de la más alta estantería… Que por muchos susurros que su cerebro mande, seguirá tejiendo. Y que por muchos dedos que en mi mente se hundan, crecerá la tela. No quiero que crezca ni quiero permitirlo. Y la miro, pero cuanto más fijamente la miro, menos la veo. Maldita mancha de araña borrosa. No quiero que su tela aumente estando yo así, pues no quiero seguir estándolo. Me levanto, salto para alcanzarla, pero ¿y si aunque la aplaste, o la estruje, o le arranque las patas una a una, nacen otras? La tela seguirá creciendo. Y yo ahora muero, pero ella ya marcha… “¡Cógela!” Y lo intento “¡Corre!” Pero caigo “¡Cae!” No quiero y es demasiado tarde. Debo obedecer. Pies, pies, pues me va a estallar la cabeza del golpe, del ruido y de tantos. Ellas, mientras, ya no están, mas hasta hace un rato hablaban. Oh, espera, ya las oigo “¡Al suelo!” Y todo se oscurece “Al suelo ya, abajo, cáete…
…y, ahora arriba”.
- Pero venga, ya es por la mañana, ahora, por favor, hasta la noche cállate.
Aunque los chirridos viven y a mí me seguirá doliendo la cabeza...