jueves, 14 de mayo de 2015
ahogo en mayo
las golondrinas revolotean sobre mi cabeza como moscas
yo
me arrastro
contaminada por este aire caliente
viciado
sé
que pronto
voy a ser devorada
martes, 12 de mayo de 2015
mayo de horas
el tiempo lima las palmas de mis manos al pasar y pierdo
constantemente
alguna otra parte de mí
lo que quisiera saber es si seré
algo más
que esta figura dura y fría
que mengua
que esta escultura vieja y débil
que se hace
diminuta
ante un mísero rayo de sol
miércoles, 6 de mayo de 2015
El gesto
Debo confesármelo al menos a mí
misma: hoy, de camino a la universidad, me crucé con una docena, quizá más, de
caras conocidas. Iban circulando una tras otra, casi en fila como todos, todos, todos los días. Reconocí a la docena o más, quizá más, de caras esquivas. ¡Como
siempre! Y es que mi cara buscaba sus caras, siempre busca sus caras; mis ojos
sus ojos y hasta podría decir que mi cuerpo, sus cuerpos. Cuando ya estaba
cerca de clase, al final del camino, se me ocurrió pensar que una de las cosas que más me
entristecen es la ausencia de saludo. Y es cierto. Hasta que atravesé la puerta, no
antes, estuve convencida de que el desánimo duraría la jornada entera. ¿Cómo
puede empezarse así un día? Yo, yo misma ejecuto el no-saludo como una venganza
y, es más, podría decir que seriamente. Si no saludo a alguien, a no ser que me
despiste; es decir, si no saludo a alguien deliberadamente, mi gesto es de
traición. Y diría que una traición, además, atroz.
Hoy, hoy hubo una persona a la
que no saludé porque yo no quise. Tuve la mala suerte de, pendiente mi
cabeza de otros temas, situarme justo en el asiento de al lado, en el metro. Difícil
no saludar en esas ocasiones, un agitamiento de cabeza, un mínimo gruñido de
“anda, estás ahí”. Pero si mi no-saludo iba a ser deliberado, entonces yo debía mantener la apostura: no lo
haría. De todas formas, antes de continuar esta confesión mía, admitir que lo cierto es que una de mis
máximas, evidentemente, es devolver siempre, siempre el saludo: la educación
ha de primar. ¿Qué pierdo devolviéndolo? Lo terrible es comenzar, eso sí sería
hipócrita por mi parte.
Continúo, pues. Por muy difícil
que fuera no saludar en aquel metro, el gesto (o no-gesto) duró todo el viaje.
Quince minutos sostenidos de fingimiento, de incomodidad por mantener los ojos
pendientes de un pobre cincuenta por ciento del campo visual. ¡Qué desaprovecho! Yo,
afortunadamente, leía. Es posible que por eso no me diera cuenta de que esa
horrenda persona estaba ahí, justo en el asiento de al lado, y no por mi desastrosa cabeza. Pero esa, sí, sí, esa horrenda
persona tuvo la desfachatez de mirarme, ¡y fijamente! Entonces, yo, idiota, estúpida,
inocente; yo, en un momento dado, la miré. Reparé en mi mala educación, no pude evitarlo, y me encontré
con sus ojos deliberada, hipócritamente por mi parte. Pues, ¡caramba! Esquivó también ella mi
vista. Horrenda, horrenda esa persona. Yo no la saludé de todas formas, que
conste, porque desde el principio no quise hacerlo a pesar del pequeño ataque de debilidad. Con esto concluyo que quise ser mala y sentir el
orgullo de no saludar. Pues eso. Ridículo, ¿eh? Ah, pero no dignar a alguien
una mirada de reconocimiento, de afirmación, con toda la desfachatez del mundo… ¡Eso es negar su
presencia! Así que, sí, me vengué de ese ser malencarado y desagradecido y horrendo del metro.
Afortunadamente, el tiempo pasa. Transcurrido
el momento incómodo (apenas pude leer una sola línea del libro, obvio; mis ojos
resbalaron por las palabras como si fueran una fila de vocablos inconexos:
¡dieciséis páginas perdidas!), las cabezas conocidas siguieron pasando. El asqueroso cuerpecillo ese me adelantó, no tendría que volver a verlo hasta entrar en
clase. Ah, pero entonces, en clase, la que no se iba a dignar a mirarlo iba a ser yo. Además aún me
quedaban muchas cabezas por encontrar. Ya antes de llegar a la facultad pude cruzarme con unas cuantas y decidí continuar con mi primer y más sencillo mecanismo:
buscar su cara con mi cara, para coincidir y, bueno, o sonreír o decir algo, o
guiñar un ojo. No, más bien yo no guiño los ojos, pero sí haré gestos, supongo,
es lo natural. En fin, las caras pasaban y pasaban y pasaban, y sus ojos siempre bajos. A
pesar de que, cara con cara, la mía se reflejaba en las otras a una distancia
de diez, veinte metros. Pero, ¡nada! Cara alzada a lo lejos, cara que veía esconderse
a mi paso, bajarse, girarse, torcerse, cerrar los ojos u ocuparlos mirando a
las manos, al teléfono, ¡a cualquier maldita cosa menos a mí! ¿Y yo? Hombre, no
iba a bajar la mirada; no iba a hacerle a nadie lo mismo, además que ya me
habían pillado mirando. Ridículo, ¿eh? Ridículo, ridículo, ridículo, claro. ¿Cómo iba a cruzarme
con nadie si nadie se ha cruzado conmigo? ¡Ah, pero tengo que confesar que ha ocurrido!
En fin, reconozco que me irrité.
El saludo, el gesto de reconocer la existencia del otro, ese tan, tan importante...
Recordé como un apoyo a mi ira que precisamente el martes, esta misma semana,
un anciano me saludó y yo no lo conocía. Ese gesto anónimo me alegró la tarde: iba a la
librería, pájaros, aquel barrio tan bonito y, encima, ese anciano simpático, ¡pues qué
felicidad! Por eso, por eso no podía, a pesar de no ser yo un anciano tan simpático, privar a nadie
de este gesto. La gente es terrible y por eso me irrité, ¡me irrité muchísimo! No se merecían mi buena voluntad, así que me decidí: obligaría a la próxima cabeza—habrían pasado ya nueve, diez cabezas conocidas más—a
reparar en mí a la fuerza. Fue en aquel instante cuando aparecieron esas chicas, las que van
conmigo a clase, justo en la clase siguiente, sí, para la que quedaban escasos cinco minutos.
Imposible que no me saluden si total íbamos a reunirnos pronto. Ah, sería
hasta embarazoso por su parte negarme algo así, conque me envalentoné. Iban por
delante de mí y agilicé el paso. “¡Hola!”, dije sonriente, intentando
mostrar un gesto de cansancio, como si implícitamente me refiriera con una vagancia divertida al par de aburridas horas que enseguida compartiríamos. Ellas, que
ya estaban hablando, siguieron hablando. Agilicé aún más el paso; estaba completamente
a su altura pero nadie, nadie se giró. Prácticamente, entonces, corrí. Ya no quería ir más
a su altura.
Bueno, el edificio de la facultad
estaba enfrente y la tristeza era inminente. Mi último intento, el último y no dignaría
con mi saludo a nadie más. Mi moral tenía que salir indemne. Y un chico bajó
las escaleras, era aquel que había ido a mi clase de italiano el año pasado. Todos
se reían de él por cómo vestía y hablaba, así que siempre me preguntaba a mí las dudas que la lección pudiera suscitar. Yo,
la comprensiva… ¿No le hubiera hecho incluso un favor, yo, dirigiéndole el
saludo esta mañana? Claro, era infalible, así que levanté la cabeza: el destino
se arreglaría al final. “¡Hola, qué hay!”. Él no hablaba con nadie, no había
ruido como para que no me escuchase, no portaba objetos en las manos. Y así, el tipo este miró al frente, más todavía, y siguió andando. Yo me había parado
delante de él, bajo las escaleras; yo, la comprensiva, la generosa repartidora
de saludos a todas esas personas estúpidas y asquerosas. Pues subí a clase; yo, la
inexistente, la que no podrá afirmar ante nadie que se ha cruzado con docenas y docenas de apestosas cabezas esta mañana.
Me senté en el pupitre, ¡y me saludaron! Sí, ya, ya estaba en clase. Bueno, pues saludé, saludé para no
privar a nadie de ese saludo mío tan valioso. He de decir que todavía no sé qué haré mañana con él.
martes, 5 de mayo de 2015
Fragmento de
Busco.
Una valentía súbita por buscar, por encontrar, por tropezar,
por chocar con
empujar. Valentía súbita
por el golpe.
Estos pasos no son míos, pero sí este estómago, animal que
se retuerce
que se desvive
que muerde
por encontrar.
Busco:
salgo por
camino por
recorro bares, calles por.
Busco para toparme con y que me vea y que luego sea
quien busque.
Busco solamente para huir de
sábado, 2 de mayo de 2015
agua huída (2): la ducha
escribo sobre el agua
sobre este chorro dividido en cientos de pequeños chorros
que bajan hirviendo
por la piel
que dejan huecos
descubiertos
calvas indefensas
al frío
escribo sobre nimiedades
como el agua
y por tanto también sobre el frío
que me espera fuera
que me espera paciente
tranquilo
escribo sobre una trampa
durante una hora
durante dos
imposible aburrirse aquí
tapando calvas
durante tres horas
cuatro
el agua se acaba y pronto
tendré que entregarme
pero es imposible aburrirse aquí
si mi piel engorda como una fruta podrida
y mis manos y pies son blancos
como los peces
cuando flotan
cinco horas
seis
escribo sobre nimiedades sobre
lo que no tengo que pensar
como este frío que forma parte
de un reloj que porto
entre ceja y ceja
reloj doloroso y consciente
de la presión que me causa
como este chorro dividido
en cientos de pequeños chorros
como el agua que
de repente
ha dejado de hervir hace tiempo
pero cómo aburrirse aquí si
mis heridas son gruesas y pálidas
blandas como carne descompuesta
si van a resbalar sobre mi piel y abrirse
si van a dejarme calvas
como estos cuerpos míos que flotan
bajo los pies
el frío
todavía
aguanta fuera
jueves, 30 de abril de 2015
8.30 - La reescritura (desde clase)
9:00
Escribir como medio para ser mejor
persona: como único medio. Escribir para encontrarse (y ganar sensación de
cueva, de oscuridad segura, de calma). Escribir entonces para ganar calma y
ganar paciencia, como sinónimo de ser mejor persona (pero sobre todo ganar paciencia).
Tranquilidad: letras, dedos, teclados. Necesito apreciar mi vida, necesitarla (especialmente
necesitarla). Necesito estar conmigo queriendo estar conmigo. Escribir. Escribir para leer que voy a estar conmigo (en mi cueva, en mi oscuridad, en mi calma).
9:30
Las esferas de la vida, los
distintos ambientes o contextos, son desconocidos entre sí. Superpuestos,
entrelazados, jamás podrán relacionarse. Este aula no conocerá mi cama de la
misma manera que aquella calle jamás reparará en el bar de la esquina de la
calle de al lado. Las caras de esta habitación tampoco podrán reconocerse entre ellas una vez salgan de aquí, una vez ya no se reflejen unas en otras. Solo pueden
reconocerse entre sí aquellos cuerpos que ocupan un mismo golpe de vista. Así
al menos debería ser (también así necesito que sea). Confesar por fin que mis
expectativas se han rebajado: me conformaría con ser un espejo limpio, claro,
fiel (sobre todo fiel). Con ser capaz de reflejar las escenas que me rodean (el
aula, la cama, la calle); todas las esferas en toda su plenitud; todos los
contextos con total lealtad.
10:00
“A veces la gente se olvida de
que somos profesores, de que esto es una universidad”. Y lo entiendo. Entiendo las palabras, al rebautizado profesor
del que salen las palabras, a la gente a la que se refieren las palabras. “Siento
una enorme admiración por la universidad americana. Lo primero, por su
generosidad.” La generosidad cabe en un solo golpe de vista de la misma manera
que el olvido. No sé qué relación puede tener esto con ser consciente del lugar
que se ocupa, con formar parte de este aula, de cualquier otra esfera ajena a esta.
Siento un desánimo
pesadísimo.
Siento un desánimo
pesadísimo.
10:30
Por último se me ocurre vomitar, reventar, revertirme por dentro
(también me duele el estómago).
Echar fuera de mí este cuerpo que ocupa mi interior:
de un solo golpe de vista
contemplarlo.
viernes, 24 de abril de 2015
el año
Para Gema:
CADA AÑO se despliega ante mis ojos como una alfombra más o menos tupida
colores formas texturas distintas sobre un suelo ya
preexistente:
(1)
contemplo el
tiempo
justo antes de desperezarse ante mi
rostro
y de estirarse y crujir y crecer y percibo
un todo
un camino un
algo
que no depende de mí
(2)
avanzo
consciente
avanzo observando con vértigo cada paso
sensible a la grava al aire al agua
a la suela de mis zapatos a la planta
de mis pies
pero insisto
paciente paciente paciente
insisto sin que nada me pertenezca
sin tener nada
sin aspirar a
nada
sin nada que hacer por o en contra
del año
del camino
del tiempo impasible
desenroscándose
yo estoy y ellos
(pies momento espacio
ellos ellos
ellos o yo
dentro y
fuera)
también están
(3)
TODAVÍA acecho a
este año
y solo puedo considerar este año este
año este otro nuevo año este
año siempre distinto y siempre
por delante o
por detrás este año que nunca es
ahora ni
hoy
reparo en él como un camino
mi camino
el camino el único
camino
inalterable
este año
al que he llamado alfombra o tierra
o
mundo
que espero que pienso que
admiro
horizonte
de repente
anhelado
miércoles, 15 de abril de 2015
viernes, 10 de abril de 2015
me justifico porque hablar es otra cosa
(1)
las palabras
que consigo decir por dentro
son firmes y
claras
hablo por dentro y cuando
hablo por dentro
escucho
escuchar
es pensar las palabras
que consigo
decir por dentro
escuchar las palabras
una
por
una
ser
las
palabras
lenta
mente
pensarlas
hasta agotarse
(2)
hablar por dentro para
oír
hablar
hablar por dentro para
ser
y ser firme
y clara
para ser
mujer
y ser
y ser madura
yo u otra
y ser sincera
(3)
conseguir decir palabras
es decir palabras
por dentro
escuchar o escucharme
profunda
y absorber
trago mastico digiero
palabras por dentro para
azuzar
para masacrarme
profunda
hasta poder ser
(.)
pero es abrir la boca
palabras por fuera
abrir la boca
palabras chillonas
desparramadas
voz molesta
abrir la boca
botella de cristal
que estalla
contra el suelo
ruido
agua
agujas
filos
esto es otra cosa
muy distinta a mí
el ruido
o la boca abierta
dientes desgarrándose unos
a otros
punta
cuchillo
espejo
bajo los pies
mejor cállate o
sucumbir
vergüenza incomodidad
inútil simpleza
ataque contra la boca
que no se cierra
mejor cállate
o botella llena que estalla
boca llena hecha añicos
golpes
trizas
agujas
bajo la cabeza
domingo, 5 de abril de 2015
casa o no
casa no es casa
sino un cúmulo de habitaciones
más o menos sucias
o limpias
de efectos personales
habitaciones cubiertas
por la mirada pausada
y tranquila
que se reconoce
en el tiempo y espacio
que le pertenece
y encarcela
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