domingo, 2 de junio de 2013

El Madrid de Madrid

Estas fotografías las saqué la semana pasada, en un intento frustrado de hacer un recorrido completo por el Barrio de las Letras de Madrid. Me entretengo con demasiadas tonterías.

Para los interesados en ver las imágenes: os recomiendo abrirlas (pulsar el botón derecho del ratón sobre ellas). Se aprecian mucho mejor.








































Isabel Gómez Rguez

domingo, 26 de mayo de 2013

estación

fuimos a despedirnos adonde las más altas torres
para que nuestros ojos buscasen aún más arriba

(la luna iluminaba nuestro vértigo de adioses
y aquella asfixiante lluvia de polen de primavera)

incluso sentí la mole del mundo cargada en mi pecho
cuando nos hubo partido en dos la burlona ventanilla

viernes, 17 de mayo de 2013

Alguna de estas noches se me hundirá el esternón hasta el fondo y entonces todo esto habrá llegado a su culmen.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Temporales de agua y polvo

De repente, me di cuenta de que los cristales sentían morir los latidos del corazón de un insecto por un lado y el azote del viento y la lluvia por otro. Ambas cosas al mismo tiempo.

Yo observaba a la mosca, boca arriba y con las patas encogidas, sin saber muy bien qué hacer con ella. Temía tocarla y que se agitara en mi contra, que hiciera el más mínimo movimiento. Entonces, pensé que aquel bicho debía ser borroso. Igual que, desde donde estaba, lo eran las contraventanas del patio de luces que, por cierto, estaban cubiertas de un musgo más antiguo que ellas mismas. Los cristales turbios de suciedad enturbiaban la existencia a sus dos lados: exterior velado e interior velado también, bañados por luz de temporal.


Un aguacero visitaba alrededor de dos o tres veces por semana aquella parte de la provincia en concreto, depositando aquí y allá sus huellas particulares. Esto podía comprobarse claramente en las estrechas cornisas de los muros que recorrían el patio con el que comunicaba mi habitación. Las perlas de lluvia se evaporaban dejando impresas en la cal manchas parduzcas. Así, mis vistas se componían, principalmente, de cornisas moteadas y muros recorridos por hileras dibujadas con la misma tinta de agua sucia. Aquellos temporales manchaban la ciudad entera, que más bien parecía un barrio grande. Sus paredes se reforzaban año a año de polvo apelmazado, que era el mismo que impregnaba el aire que, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, respirábamos. Año a año, nosotros nos íbamos reforzando también de polvo apelmazado.

Fue por entonces, días más tarde de caer en la cuenta de todo aquel asunto, cuando yo empecé a hacerme preguntas. Quería saber, por ejemplo, si el polvo llegaría a hacerse lo suficientemente denso como para tapar todo vestigio de luz de los cristales o de nuestras gargantas; si los temporales y su periodicidad acabarían con nosotros debido a nuestra indiferencia, o si estaría en nuestra mano ponerle solución a cualquiera de estos dos interrogantes. Quería saber más cosas cada día. Tenía sed de conocimiento y la sensación de que no podía parar de darle vueltas a cualquier detalle que me rodeara. Quería llevarlo todo a la práctica.


El desenlace de mis tiempos de curiosidad fue que empezaron a tomarme por loco. Creo que lo que en el fondo ocurría era que yo sí empezaba a comprender que todo aquello terminaría conmigo.

domingo, 3 de marzo de 2013

El Parque, la sangre


El aire, si es que de aire puede tildarse el ambiente grasiento de este lugar, está cargado. El repiqueteo de la voz del camarero y el olor y el ruido de los fritos al chamuscarse en la sartén no cesan. Superpuestos a la pesada narración del mozo y al trajín de la cocina, debe haber otros diez coloquios abiertos, como poco. Chácharas. Cuanto más aumenta su volumen, cuanto más se oyen, menos se escuchan. Desde mi esquina percibo, sobre todo, una especie de graznido ronco. Pertenece a un hombre que debe tener algún tipo de retraso mental, seguro. Llevo un rato pendiente de él, viéndolo vociferar como un energúmeno junto a la barra. Charla, aparentemente, con el camarero. En realidad dudo que ninguno de los dos preste un mínimo de atención al otro. El demente es uno de esos tipos cuyos dientes van a resbalar de sus encías algún día; de unas encías pastosas que ya no tienen capacidad para sostener nada. Sus incisivos terminarán despedidos de un momento a otro, cada vez más cercano. Se trata también uno de esos señores cuyas órbitas mantienen un extraño equilibrio entre las cuencas oculares y el vacío. Pura tensión. Podría romperse en pedazos sin previo aviso, desmoronarse. Yo podría ser testigo del derrumbamiento. En un instante, alguna parte de su cara –o todas a la vez – podrían salir disparadas entre proyectiles de comida masticada y gotas de saliva y cerveza. Y como ellos, sus órganos salpicarían la camisa del cotorra del camarero. Si no hoy, ocurrirá pronto. La verdad, no estoy segura de querer continuar aquí para verificar mis sospechas. 

La cafetería El Parque, por dentro, es un amasijo de voces que hablan al aire. La conversación del loco y el mozo, como otras tantas conversaciones, forman un vaho denso y amasado que se respira desde cualquiera de los puntos del local. Incluso los tres niños que sorben batido de chocolate y vainilla bajo las mesas abandonadas del fondo. Incluso ellos inhalan el palique múltiple y casi tangible que habita el bar. El vapor recalentado que todos ingerimos. De repente, ascienden hasta el techo amarillento de sudor y aceite varios chillidos. Son tres mujeres que, a mi lado, parecen excitadas por algo que alguna de ellas acaba de comentar. No me he enterado de qué se trata. Se dedican a intercalar grititos de sorpresa con sorbos minúsculos de sus copas. Tan mínimos, que da la sensación de que la espuma no va a desaparecer nunca de la superficie de sus vasos. A mi izquierda, justo sobre la puerta del recinto, la televisión. El habitáculo se carga aún más. Paco, las noticias. La monótona garganta informativa se une al tropel. Tengo la sensación de que la temperatura aumenta con el paso de las horas. Que si la prima de riesgo se mantiene. Que si la deuda aumenta. Que si el lince ibérico está en peligro de extinción. Que si otra caña aquí. Que si no me lo puedo creer. Que si es fuertísimo. Que si Christian, nos vamos a casa. Que si Christian, ven aquí. Que si pues va el tío y me dice que no vuelva. Que si con toda su jeta. Que si hombre, Luís. Que si cuánto, cuánto tiempo. 

Todavía no han alzado el vuelo ni los dientes ni los ojos del demente. 



Por fuera, la cafetería “El Parque” son muros de ladrillo, de un rojo más intenso que la sangre.



Isabel Gómez Rguez

miércoles, 27 de febrero de 2013

27/02/2013 - Evolución en tormenta de una lluvia de ideas

He dejado de escribir, verdaderamente, durante meses. Mi burdo pretexto fue creerme ocupada. Dedicada a los estudios. Sin embargo, he de sincerarme. Me invento demasiadas cosas. Simples excusas para mantener a mis esqueletos alejados. Quizás sea una demente. No voy a decir que no lo haya conseguido (espantar a los esqueletos). Quedaría bien. Me encontraría mejor. “Oh, dios, no consigo auto-engañarme, no puedo dejar de ver la vida tal y como es, soy una triste intelectual acosada por sus tristes pensamientos”. Una desencantada, una insatisfecha, una incomprendida... No es cierto. Contra mis expectativas, he visto mi credulidad, he sido tocada de lleno por ella ¡Soy una más! No es que pensase que, efectivamente, los fantasmas se hubieran marchado para siempre, no llego hasta ese punto, mas he vivido un periodo de relativa calma. No de paz; sino de vaciedad interior. Cierto, eso no me ha satisfecho, pero he aquí mi alivio envenenado. Y he de reconocer que no está tan mal. Cada cual recurre a lo que puede y a mí me deprimen los juicios de valores de los desconocidos. Bueno.


Cuando era niña estaba convencida de que los muertos iban al cielo. Como tantos otros niños. Pensaba que allí estaban, y que los espíritus eran invisibles. Me atormentaba la duda de si se verían entre ellos. A veces me preguntaba si, rodeada de azul celeste, me encontraría yo con todo el mundo o si todo el mundo estaría por allá sin saberlo. Todos juntos y sin vernos, después de tanto tiempo. Todo azul. Qué horror. Yo, si me muriera, tendría que ser una niña, ¿y el resto? Si todos fuésemos niños, no reconocería a mis abuelos ni a mis padres cuando subiera ¿Qué hacer? De todas formas, sería horriblemente injusto que fuesen viejos para siempre, si yo iba a ser pequeña. Entonces me remordía la conciencia por no haber querido antes que se convirtiesen en niños como yo. En cualquier caso, estaba convencida del cielo. Y de la tierra. En el fondo de mi ser, sabía que los muertos invisibles nos observaban. Bajaban a la ciudad y, los que nos echasen de menos o nos encontrasen interesantes, nos seguirían sin ser vistos por los vivos. Cuando iba en el autobús escolar camino al colegio, algunos días me imaginaba que me seguían personas de mi familia que habían fallecido antes de que yo naciese, para conocerme. Me las imaginaba volando entre los coches, rapidísimo. Confiaba en que, por ser muertos, adivinarían los sentimientos. Yo me sentía feliz porque me agradaba imaginarme en compañía de personas que tenían curiosidad por lo que hacía y que comprendían que me hallaba cómoda entre ellos, aunque conociese su secreto. Intentaba no defraudarles en ningún momento y me fijaba en cada cosa que tuviera que hacer para que estuviesen orgullosos.





Si ahora me vuelvo a sentar frente a frente con mi reflejo es porque, por la puerta de atrás del habitáculo en que duermo, los esqueletos han ido entrando despacio. Isa, no has cambiado tanto. Han amueblado al completo mi mente. Otra vez. Cuánto tiempo, en el fondo lo echaba de menos. De ahí lo envenenado del vacío: si era una patraña desde el principio, no sé de qué me extraña que lo haya sido hasta el final. En fin, se han colado. Ahora ya está. Lamento que haya sido hoy -se amontonan demasiados- cuando me he tenido que dar cuenta. Una oleada de abandono mientras él estaba aquí y he abierto los ojos. Exactamente, cuando estaba recibiendo un abrazo, mientras miraba los árboles que hay a continuación de mi cuarto. Sorpresa. Todos juntos otra vez. De nuevo soy una triste. Seguramente lo que necesite sea dormir. 


Llueve y nieva al mismo tiempo. Un pájaro enorme, blanco y negro, cruza de derecha a izquierda mi ventana. Una y otra vez, una y otra vez. No sé qué pájaro es, pero ¿cómo va a ser un gorrión? ¿Cómo serán los grajos? Nunca había visto nevar tanto y no me sorprende. A lo mejor sí lo he visto alguna vez. A lo mejor he visto muchas cosas, si siempre ocurre lo mismo. La nieve es un mal augurio últimamente. Me levanto de la cama, me siento en el hueco que hay en el suelo junto al retrete, vuelvo a erguirme. No me atrevo a arrimarme a los cristales, por la curiosidad. No por la mía, ojo. Soy una persona extraña, me han dicho. Opinan los que deberían carecer de opinión, pero yo no soy capaz de depositar más de dos lágrimas en el mismo sitio. Insensible. Por eso voy de un lado a otro. Me asquea tener que recurrir a hablar de mí misma conmigo. Vuelvo a la cama. No sé qué importará, así como generalidad... Espera. Me siento frustrada y un poco menos sola desde que se ha marchado. Eso no es bueno. Me aburro de mí, no me gustan las impresiones que dejo. Es mio el problema. Ayer me crucé con un sudamericano viejo que fijaba carteles en un muro, rodeado de niños saltarines. Estoy cansada de escribir y de cómo escribo. No me voy a encontrar aquí. No quiero encontrarme. En el metro he estado hablando con ancianos, si es que no he estado leyendo. Me harta tener que vérmelas con mi monótono estado de ánimo. Debería hacer cosas en vez de dármelas de artista. No lo soy. Nunca voy a ser una artista. No es un drama, no me quejo. Mi habitación está sucia de serrín y yo llevo la misma ropa de ayer. Vuelve a nevar porque ha dejado de llover, que no es lo mismo a que haya dejado de llover porque ha empezado a nevar. Eso es lo que pasa y nada más, y creo que no podré ir a comprar las pinturas que necesito. No sé si quieren algo de mí, ni qué quieren. No. Tengo que pensar en mis tareas. Después de mucho cavilar, al final habré entrado en razón. Los árboles son estacas de madera que, en una terrorífica explosión de dolor, han sido petrificadas. Son líneas retorcidas de sufrimiento; me da grima observarlos. No es tan raro. Los copos parecen trozos de serrín sacudidos por una ventana, de una alfombra de proporciones inimaginables. Lo que va a pasar al final es que vamos a acabar todos perdidos.




Isabel Gómez Rguez

viernes, 22 de febrero de 2013

3 DECLARACIONES

I

En el lenguaje oficial
oír pronunciar un nombre
despoja de todo nombre.


II

El espejo que ellos comparten
sin hablarse dirigirse
sólo tiene bultos en blanco.


III

En ninguna de las formas
figuras papeles que desempeñan
me reconozco.