domingo, 24 de noviembre de 2013
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Microrrelato: "Papa, ¿tienes frío?"
Esto es otro microrrelato hecho para el concurso de la Cadena SER y, una vez más, ¡no ha habido suerte!
Para darle algún tipo de salida, os lo dejo aquí colgado. Las palabras clave con las que tenía que empezar esta vez eran: "Papá, ¿tienes frío?"
Para darle algún tipo de salida, os lo dejo aquí colgado. Las palabras clave con las que tenía que empezar esta vez eran: "Papá, ¿tienes frío?"
“Papá, ¿tienes
frío?”. La tos del viejo era ronca. Estaba aferrado como un animal a aquella pesadísima
manta que todavía se empeñaba en llevar. “Papá, vámonos al médico”. Seguía sin
haber respuesta. Preocupado y sin éxito, su hijo intentaba acercarle una y otra
vez un cartón de sopa a la boca. “Así no va a haber manera. Pronto ni siquiera
sabré qué hacer contigo”.
Las gotas de
aguanieve se posaban sobre los transeúntes que atravesaban la plaza. Caía la
noche. Un hombre de unos cuarenta años se levantaba de los soportales a por
cartones, dejando solo al anciano que dormitaba a su lado.
jueves, 31 de octubre de 2013
Adulta
(Recomiendo leer rápido por aportarle realismo, así lo he pensado cuando escribía, al asunto)
Volviendo hacia
el piso, llaves en mano, me sentí primero adulta, y luego sola y egoísta. Cuanto
más sola me hacía (me hacía muy sola, demasiado sola), más egoísta quería ser. Tan
abandonada me veía, que subiría, lloraría y me echaría a dormir media hora,
porque sí. Era autónoma: nadie iba a pedirme explicaciones. Dormiría y lloraría
con la puerta abierta o cerrada y no iba a recoger mi cuarto. Cuanto más
egoísta quería ser, tenía más necesidad de serlo. Bajaba, llaves en mano,
ansiosa. Iba a recorrer así aquella cuesta infinidad de veces, aquella cuesta
que ahora iba a ser un poco más mía. La poseería como poseo todos los objetos
que amueblan mi rutina. Estaba siendo muy adulta yo, sola con mi rutina y mi
calle y mi casa, bajando mi avenida con mis llaves en mano. Iba a tener que ser
mucho más adulta cuando tuviera que bajarla a la octingentésima vez. Iba a
acabar harta de ser tan adulta y tan egoísta y tan sola. Más harta a la octingentésima
vez que ahora, que ya estaba harta. Subiría, lloraría y dormiría, para
despertarme y para pensar qué hacer después, qué genialidad adulta y egoísta me
entretendría. Haría todo eso de forma autónoma, al menos. Podría mirar por la
ventana o estudiar o caminar, o quizás leer o beberme una o mil cervezas
autónomamente. Hay cientos de cosas que hacer para ocupar el tiempo, pero
inevitablemente todas ellas iban a estar destinadas a ocupar el tiempo. Querría
seguir durmiendo para no esperar. Pero al pensar en eso, bajando la calle, fui
consciente del engaño de dormir: otra artimaña para llegar al final del día sin
verlo y sin verme. De esa manera no se puede dormir. Mejor dicho, no se puede
despertar, porque aun llegando al final del día, luego está el día siguiente y tener
que volver a esperar más después de bajar otra vez aquella calle, llaves
en mano, veinticuatro horas después, y luego cuarenta y ocho u ochocientas o las
que sean, después de llorar y dormir. Pero es que resulta que volviendo hacia el piso,
llaves en mano, pensaba en que subiría, lloraría y dormiría, y no querría
despertarme después, porque me preguntaría qué es lo que hacen las personas adultas
y solas y egoístas cuando esperan. Luego, habiendo vuelto a ser yo, me
preguntaría qué haría cualquiera.
lunes, 21 de octubre de 2013
Desde la ventana
Es reconfortante la sensación de haber terminado temprano las tareas y pasar el resto del día sentada, observando por el balcón. Me gusta
abrigarme y abrir las ventanas para respirar el aire frío que desprenden estas
horas. Entonces yo me siento en la butaca y miro al cielo, no a la calle. Para mi sorpresa, hoy ha sobrevolado los tejados de la ciudad una bandada de pájaros. Sus
siluetas dibujaban una flecha, una flecha perfecta.
Sentir que el tiempo abandona poco a poco mi cuerpo sin poder hacer nada para evitarlo me intranquiliza. Aquí,
sentada, observando, me atormenta la sensación de dejar escapar, minuto a
minuto, bocanadas de aire que ya nunca habrán sido liberadas por nada ni por nadie. De todas
formas, observo. A las siete y cuarto de la tarde las paredes de
la azotea de enfrente se tornan anaranjadas y es cuando yo veo la puesta de sol reflejada
en sus muros, hasta que todo se vuelve oscuro. Vivo en el piso más alto, por
eso las azoteas de los inmuebles contiguos están al alcance de mis ojos. Me pregunto
si el resto de edificios de esta ciudad tendrán, como el de enfrente a mi casa,
una terraza encima. Es una especie de habitación sin paredes cubierta por un
tejado rojo con la estrella de David agujereada en sus extremos. Cubiertas por
él, hay mesas y sillas y muchísimas, muchísimas plantas. Pero nunca he visto a
nadie. También me pregunto a menudo si en el techo de mi edificio habrá alguna
azotea así.
El otro día, varias
casas más allá, me fijé en una mujer sentada en un tejado. Fumaba apoyada en la
chimenea. Y aquello me encantó. También anochecía, igual que hoy. Me gustaría
poder sentarme en el tejado, en lugar de esperar aquí dentro, al terminar mis tareas. Miré adonde estaba aquella mujer durante mucho rato. Supongo que
pretendía que hiciera algo. Que hiciera ella algo o que se me ocurriera hacer
algo a mí.
Ahora, la terracita
con el tejado judío apenas está iluminada. Sus paredes brillan con una
tonalidad rojiza y brillarán así hasta que se apaguen. Luego, el cielo será rosa
pastel y más tarde también se apagará. La mujer de varios tejados más allá no ha salido a fumar hoy, ni a
apoyarse en la chimenea. De todos modos, si le diera por salir dentro de un
rato seguramente ya no podría verla. En su lugar, hay antenas y está la cruz
de la iglesia de la plaza de al lado. Como siempre. También se puede distinguir
a un enanito de jardín colocado justo al borde de otro edificio.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
a coruña por ejemplo
atravieso a diario los mismos caminos
que he atravesado tantas otras veces
dejo continuamente impresas
en cientos de esquinas
las huellas pisadas estelas surcos cicatrices
en las que se ha ido convirtiendo
mi día a día
sin embargo
hay veces en las que
aun pisando a propósito a esa yo
de semanas meses años segundos antes
no siento nada
nada ni vivo ni muerto
nada bajo las suelas de mis zapatos
resulta
que hay veces en las que
los recuerdos
no se dejan pisar
que he atravesado tantas otras veces
dejo continuamente impresas
en cientos de esquinas
las huellas pisadas estelas surcos cicatrices
en las que se ha ido convirtiendo
mi día a día
sin embargo
hay veces en las que
aun pisando a propósito a esa yo
de semanas meses años segundos antes
no siento nada
nada ni vivo ni muerto
nada bajo las suelas de mis zapatos
resulta
que hay veces en las que
los recuerdos
no se dejan pisar
(resulta que
hay veces
en las que los recuerdos
quieren saltarme a la cara)
martes, 17 de septiembre de 2013
Autovía del Noroeste
Soy capaz de atravesar el mundo
completamente quieta.
Soy capaz de ser las malgastadas
carreteras,
las casas espolvoreadas como escamas sobre
la montaña
y el inacabable felpudo verde
que en sus más diversas texturas
arropa al suelo
que surco.
Pero en realidad lo que soy
es incapaz
de no ser.
Traspaso cielos, tierras, aires…
Sin pretenderlo.
Sin pretenderlo y sumida
en el más resignado silencio.
El viaje constante no me afecta pues
-el tiempo pasa, yo paso-
no puedo ser sino la corriente que me
arrastra así
-yo paso y también el tiempo-.
Así, tan ligera, tan callada, tan quieta.
Así, sin que casa, ni hogar, ni refugio
existan.
martes, 3 de septiembre de 2013
Accidentes cotidianos
En Cadena SER, una emisora de radio, se oferta la posibilidad de participar en concursos literarios casi cada semana. Una modalidad de éstos consiste en que, a partir de una frase ya facilitada, el concursante debe elaborar un microrrelato que no sobrepase las 100 palabras. Mi primer y único intento de participación lo publiqué aquí hace ya meses. Ahí va el segundo:
Frase del comienzo: Somos dos tíos fuertes, ¿a que sí?
Mi aportación:
No ha sido nada, un chichón, una herida de
guerra ¡Nada! No, no, no llores... ¡Escucha! ¿Ves que yo llore? Los tipos duros
no lloramos. No es nada, en seguida se pasa. Aguanta un poco y no le diremos
nada a mamá. No querrás que nos riña, ¿no? Tú tranquilízate... Y, oye, espérame
un segundito aquí quieto a que traiga una cinta de esparadrapo. Agarraremos
bien esa cabeza al cuello y nadie notará la diferencia, ¡palabra!
El niño salió de puntillas, cerrando la puerta al tiempo que la cabeza del peluche de su hermana rodaba sobre el parqué.
Con respecto a mi situación en el concurso, no tengo ni tendré nada que decir. No es que no llegara a algún puesto del que me pudiera regodear un poco, es que ni siquiera llegué a participar. El plazo para enviar el relato había cerrado más de dos meses antes de que yo lo hubiera escrito.
sábado, 31 de agosto de 2013
(Lo que he sacado en claro de) PARÍS
Como recomendación prudente (no pretendo tomar a nadie por ignorante):
Si hubiera algún interesado en ver las fotos, recomiendo pulsar el ratón sobre ellas para verlas bien.
Doy las gracias al supuesto interesado.
Todas estas imágenes las he seleccionado del conjunto que he tomado del viaje que he hecho a París con mi familia. Con mejor o peor efecto, pues hasta cierto punto es subjetivo, pretendía captar la esencia de la ciudad. También de aquí ha salido la idea del blanco y negro: los puestos de París están llenos de postales en este tono a propósito de una exposición de fotos del siglo XX. Resulta que sólo hace falta un pequeño cambio en el color del objetivo para que la perspectiva actual se confunda con la que tenemos de aquel pasado no tan lejano. Estas fotos podrían corresponderse con las de entonces, tan lucidas en los kioscos, sólo por eso. Mi intención era dar a contemplar a partir de los mismos tonos una ciudad que, en realidad, no ha dejado de ser la misma.
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