"los patrones no se gastan
a fuerza de seguirlos"
+ ¿pero si sí lo hicieran?:
- los hilos dejarían de sostenerme
(entonces):
?: aguardaría la victoria o la nada
?: habrían dejado de ser ya (la victoria, la nada) la misma cosa
lunes, 30 de junio de 2014
CUADERNO DE NOTAS: Mis tres últimos días
[...]
C. SENSIBILIDAD:
c.1.
los nervios enloquecidos
engullen a bocados
todo atisbo de carne
c.2.
la palabra autocompasión:
un apéndice más
en el diccionario manoseado
c.3. (confieso, presumo de que:)
he mermado tanto
me he plegado tanto
sobre mí misma
que soy absolutamente capaz
de atravesar la fina línea
entre puerta y umbral
cuando todo se ha cerrado
lunes, 23 de junio de 2014
En A Coruña, desde ayer.
Aquí ya nada cambia. Rótulos diferentes de un mismo establecimiento; arrugas más profundas; hilos de lluvia en el viento. El movimiento es otra inercia.
Vine dispuesta a romper un curso de lo inmóvil (nadie escucha); a terminar con todo sin poseer ninguna clase de fuerza.
Mi necesidad de destrucción es ridícula.
Mi espera (y su impaciencia), también.
En cualquier caso:
Sé que en esta soledad voluntaria, casi orgullosa, o me atenderán o me habrán olvidado del todo.
ENTRAÑABLE CENA FAMILIAR, NOCHE DE SAN JUAN
en esta sala
el movimiento bulle vibra
las gargantas se entrelazan y confunden
mi vista es borrosa
y no distingue
unas formas de las otras
palabras escupidas sueltas
escapan de algo así como un amasijo, y
(niñas-lluvia-lástima-perdón-la-próxima-vez)
1. me capturan
2. se hienden
soy presente de algo
que seguro no pertenece no corresponde
a nadie
a nadie
más que a mi mente
soy la única tocada
(también el único ser ajeno a estas voces)
que se retuerce
por un doloroso
un profundo
un terrible asco
sábado, 7 de junio de 2014
AL OTRO LADO DEL PUENTE, ESTA MAÑANA
ahora que bailo
incluso con mi propio cuerpo
soy consciente
del vacío
entre mis dos partes
ahora que ya bailo
tan ciega
con pies y manos
sé que solo absorbo hastío
con todas mis fuerzas
ahora que por fin bailo
soy consciente
de la profundidad
del abismo
que amenaza
https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=oS6wfWu0JvA
incluso con mi propio cuerpo
soy consciente
del vacío
entre mis dos partes
ahora que ya bailo
tan ciega
con pies y manos
sé que solo absorbo hastío
con todas mis fuerzas
ahora que por fin bailo
soy consciente
de la profundidad
del abismo
que amenaza
https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=oS6wfWu0JvA
viernes, 30 de mayo de 2014
Inicio de mi novela "La derrota y la música"
Antes de nada, aclarar que este es un relato FICTICIO.
La tarde había
pasado, pero del mismo modo en que podría no haber ocurrido nada. Permanecer
entre cuatro paredes, fotocopias delante y ojos cansados durante un día entero
es agotador. Además, la tristeza suele invadirme en las últimas horas de luz. Es
ineludible; el tiempo me abandona, yo me desentiendo de mí misma y ya solo queda el
remordimiento.
Sentía la
irresponsabilidad como carcoma. Nada provechoso había salido de mí; ni
tranquilidad, siquiera. Y así, alargando esa inactividad caótica, agotadora y culpante,
escuché chirriar la puerta del portal. El golpe seco, al cerrarse, me
sobrecogió, y sentí congelarse la espalda. Me aproximé silenciosamente al
cristal de la ventana del pasillo. Sí, alguien entraba: cuatro pitidos de
cuatro dígitos, al marcarse, treparon hasta mi vivienda. El pomo de la doble entrada
de abajo había cedido a la presión dejando escapar un chasquido. Sería él. Sí,
seguramente, fuera él.
Corrí frenética a
mi habitación, deseando equivocarme, cerrando la puerta tras de mí. Mi
vergüenza por esa infantil reacción apenas duró el tiempo de volver a abrirla. Qué
importaba encerrarme, él sabría que estaría allí: la luz, la cerradura, el
balcón abierto. Todo me delataba. Me precipité pasillo adelante. Tenía los pies descalzos y mis
manos temblaban. ¿Y las llaves? ¿Y la cartera? No iba a llegar a tiempo, no iba
a poder cerrar. Pero quizás, deseé, fuera otra persona y no él; un vecino, una
visita, el cartero o el del butano. Entré en la primera habitación a mi paso.
La cocina. El ascensor trepaba ya por el patio de luces: primero, segundo,
tercero. A cada metro que subía, parecía que fuera a detenerse; pero no, no lo
hacía. Se aceraba. Cuarto. Era mi última oportunidad. Quinto. Las posibilidades
menguaban y yo no recordaba el paradero de mis llaves. “En el rellano hay
cuatro puertas”, pensé. Dos estaban escaleras arriba; dos, al otro lado de una
portezuela. Una de las últimas era la mía. Aunque en el fondo de mi mente sabía
lo que iba a ocurrir, el riesgo todavía era menor. Debía mantenerme, confiar en
aquello. Pero el chirrido metálico de las puertas del ascensor al abrirse precedió a una llave que giró una, dos veces; la portezuela había sido
atravesada. Sí, sabía lo que iba a ocurrir y lo había sabido desde el principio.
Corrí lo más rápido
que pude. Mi habitación. ¿Luz encendida? ¿Apagada? Encendida, ya daba igual, no
había nada que hacer. Y es que al fin, sí, el momento había llegado: mi puerta.
Una, dos, tres vueltas. Vueltas ruidosas, graves, tristes. La puerta se abrió, decidida, y esperé.
Pude imaginarlo,
altivo, cerrando desagradablemente tras de sí. Pude verlo recorrer el pasillo,
aproximándose. Pude incluso olerlo cuando pasó de largo. Seguí esperando, sintiéndolo
recorrer el pasillo de un lado a otro, recogiendo sus prendas de ropa del
tendedero, esparciendo su hedor por todas las estancias. Hasta que se encerró
en el baño, silbando. Ya no estaba sola. Veinte minutos después, tapando los
silbidos, el rugido de la cisterna se abrió paso hasta mis oídos. Mi compañero
de piso había llegado.
martes, 27 de mayo de 2014
Desde el quinto
Por el patio de
luces ya no penden gotas de lluvia: la tormenta acaba de calmarse. El silencio
meteorológico permite hacerse oír al grifo de la inquilina de abajo y a algunas
voces de otros vecinos, de abajo también, aunque imagino – quizás no – de
distinto inmueble. Me pregunto qué ocurriría si escucharan la música de mi
reproductor y, en caso de que lo hicieran, qué opinarían de mi gusto musical.
Pregunta tonta porque, según tengo entendido, el sonido tiende a ascender. Y sobre
el techo de mi cuarto, sólo está el cielo.
Ahora mismo (no en el sentido literal, sino últimamente), estoy leyendo un libro de Albert Camus, en el que el protagonista sentencia que tiene predilección por las alturas y que no soportaría vivir en un nivel inferior al de los demás. Imagino que, con el curso de las páginas, su conducta se verá recriminada. O no. Es difícil pronosticar nada en sus novelas. En cualquier caso, aunque no conozca todavía el motivo del autor, esta reflexión me ha hecho considerar que sea un quinto el piso en que habito. No por el frío en invierno o el calor en verano; tampoco porque la lluvia se estrelle contra mi ventana antes que contra la del resto, o que tenga menos riesgo de morir en caso de derrumbamiento.
Escudriñando el terreno desde mi ventana abierta, veo rectángulos encendidos en las plantas inferiores, la humedad del suelo, tan profundo, reflejando sus bombillas, y las plantas y tendederos repletos de paños y pinzas. A veces, adivino cabezas que se asoman y voces que ascienden charlando, riñendo, cantando. Los platos que preparan los del primero son los responsables de que se abra mi apetito antes de las nueve y son los gritos de sus hijos los que me impiden estudiar. De los suyos o de otros, no sé, pero a mí. A mí. Y ese es, justamente, el problema.
El cielo devora todas mis acciones; me impide ser vecina. Mis luces, olores, gritos… no tienen destinatario. Nacen y ascienden automáticamente. Yo no formo parte del patio. No es que tema morirme y que no encuentren mi cadáver; tampoco me molesta sufrir el ruido sin poder ejercer una venganza justa. Estos no son los motivos de mi preocupación porque lo cierto es que no soy rencorosa y, además, es una suerte tener menos insectos, humedades y olores que el resto. Se trata de mirar hacia abajo. Simplemente. Inclinar la cabeza para ver, para poder sentir. Tener que inclinarla y la vida a mis pies, que, aunque ajenos a la gravedad, no lo son al vértigo. Oteo la vida bajo el sol, sin ser tocada ni por una ni por otro.
martes, 13 de mayo de 2014
Suspensiones
I.
Me peso por dentro:
el vacío pesa,
el hambre pesa.
Las sogas pesan.
II.
Yo no lloro por tu ausencia,
lloran los pasillos de detrás.
Mis lágrimas son antiguas
y tú me miras
mojado.
Y bostezas.
III.
Mi enemigo también duerme.
Duerme.
¿Cómo pueden odiarme
unos ojos
que no miran?
Me peso por dentro:
el vacío pesa,
el hambre pesa.
Las sogas pesan.
II.
Yo no lloro por tu ausencia,
lloran los pasillos de detrás.
Mis lágrimas son antiguas
y tú me miras
mojado.
Y bostezas.
III.
Mi enemigo también duerme.
Duerme.
¿Cómo pueden odiarme
unos ojos
que no miran?
domingo, 11 de mayo de 2014
lunes, 5 de mayo de 2014
Bar "La Descubierta"
La gente empapa, impregna el aire.
Siento que mi pecho no podrá inundarse.
Olor de gente,
de voces;
de idiomas en el aire caliente.
Las risas ocupan espacio.
Sudor.
Aquí no hay nada que llene mi pecho vacío.
Mis pulmones palpitan hambrientos.
Busco desesperadamente:
no hay hueco para mi respiración.
Creo que terminaré de ahogarme
justo en el momento en que todos miren.
Siento que mi pecho no podrá inundarse.
Olor de gente,
de voces;
de idiomas en el aire caliente.
Las risas ocupan espacio.
Sudor.
Aquí no hay nada que llene mi pecho vacío.
Mis pulmones palpitan hambrientos.
Busco desesperadamente:
no hay hueco para mi respiración.
Creo que terminaré de ahogarme
justo en el momento en que todos miren.
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