jueves, 16 de enero de 2014

Tirso de Molina

Tirso de Molina tiene la garganta más silenciosa del mundo

entre los puestos de flores
podría haber hombres devorándose
y nada diría

Tirso de Molina calla

Tirso de Molina no tiene lengua

pero mira desde más allá de sus ojos
desde su sangre
a quien lo surca

Tirso de Molina asusta

y su droga y sus hombres asesinándose
y el niño que le tira chinas al esqueleto
que escupe su nombre con voz ronca
y las pupilas del padre en el suelo
en la esquina como puñales

Tirso de Molina arrastra

y las capuchas de los jóvenes
y los ancianos y el humo y el perro
y el olor a flores y a orines
a libros y a chapas negras
negros todos negros


martes, 14 de enero de 2014

con la estaca al cuello
siempre con la estaca al cuello



para un lado para otro
todos los días con la estaca al cuello

domingo, 5 de enero de 2014

Coruña, invierno





para qué mirar, si

dejo que los años de mi vida
se desmenucen entre ellos
poco a poco
sin palparlos

(yo soy
la que se sienta de espaldas
al espectáculo
y espera)

para qué mirar si
en cualquier caso
quedarían pedazos:
pedazos hechos
y por deshacer


miércoles, 18 de diciembre de 2013

fiebre

no sé cuánta fiebre tendré
he olvidado ir a por el termómetro
pero tengo frío y estoy sola
tengo obligaciones



no quiero
no soporto estar así
sin nada que hacer



me contento pensando en la excusa
de la enfermedad
en la excusa que pudiera suponer
un pobre resfriado 



idiota



situaciones ridículas como esta
se me presentan como un espejo
espero
distorsionado



en realidad esta angustia no dista de la otra
de la que se me atraganta a diario
pero es que en la cama aquí me hiela
y luego me hace sudar
y luego tiempo
la angustia 



en el espejo
me veo ante el pobre espejo muy desnuda
o tan desnuda como siempre
me causa risa:
una especie de bulto amarillo
un bulto flaco y el morro goteando
me causa, me causo risa



por dios



no me quiero tomar las pastillas
no sé cuánta fiebre
o ni siquiera si tendré fiebre o si este malestar
será producto de otra cabeza
quiero con miedo comprobar los límites
los marcos del espejo
con miedo
hasta el fondo



allí en el reflejo cruzo la vista conmigo
soy un cebo
gusano pequeño aletargado tranquilo
que me mira
pobre
y yo que sé que van a devorarlo
irremediablemente



he dado la espalda a demasiados deberes
a demasiados deseos:

allá en el fondo adivino la riña
entre unos y otros
deseos, deberes
rebaño de bultos encabritados
luchando entre ellos
morros goteando sangre

ridículo desde aquí



ridícula la inactividad
mientras chilla carcajadas
a costa mía
ridícula



y qué asco la cara hinchada
debería, baño y pastillas
pero no no no quiero verme
ante el otro espejo
el de cristal
no quiero verme porque
reprimida aquí con mi reflejo encima
el de verdad, el mío
remordimientos
el placer es mucho mayor



y malditas pastillas y quehaceres
si quiero hundirme en el hastío



porque ag inactividad
yo voy a saciarme de ti
habitar lo más profundo
tú me has hecho esto

(vergüenza
vergüenza envalentonarme a estas alturas)



quizás luego pastillas
ya sería distinto 



vomitar en forma de pastillas
iré ya al baño
comprimidos más pálidos
que yo

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Microrrelato: "Papa, ¿tienes frío?"

Esto es otro microrrelato hecho para el concurso de la Cadena SER y, una vez más, ¡no ha habido suerte! 
Para darle algún tipo de salida, os lo dejo aquí colgado. Las palabras clave con las que tenía que empezar esta vez eran: "Papá, ¿tienes frío?"




“Papá, ¿tienes frío?”. La tos del viejo era ronca. Estaba aferrado como un animal a aquella pesadísima manta que todavía se empeñaba en llevar. “Papá, vámonos al médico”. Seguía sin haber respuesta. Preocupado y sin éxito, su hijo intentaba acercarle una y otra vez un cartón de sopa a la boca. “Así no va a haber manera. Pronto ni siquiera sabré qué hacer contigo”.

Las gotas de aguanieve se posaban sobre los transeúntes que atravesaban la plaza. Caía la noche. Un hombre de unos cuarenta años se levantaba de los soportales a por cartones, dejando solo al anciano que dormitaba a su lado.

Calle Atocha, Madrid - 8.00 horas


jueves, 31 de octubre de 2013

Adulta

(Recomiendo leer rápido por aportarle realismo, así lo he pensado cuando escribía, al asunto)



Volviendo hacia el piso, llaves en mano, me sentí primero adulta, y luego sola y egoísta. Cuanto más sola me hacía (me hacía muy sola, demasiado sola), más egoísta quería ser. Tan abandonada me veía, que subiría, lloraría y me echaría a dormir media hora, porque sí. Era autónoma: nadie iba a pedirme explicaciones. Dormiría y lloraría con la puerta abierta o cerrada y no iba a recoger mi cuarto. Cuanto más egoísta quería ser, tenía más necesidad de serlo. Bajaba, llaves en mano, ansiosa. Iba a recorrer así aquella cuesta infinidad de veces, aquella cuesta que ahora iba a ser un poco más mía. La poseería como poseo todos los objetos que amueblan mi rutina. Estaba siendo muy adulta yo, sola con mi rutina y mi calle y mi casa, bajando mi avenida con mis llaves en mano. Iba a tener que ser mucho más adulta cuando tuviera que bajarla a la octingentésima vez. Iba a acabar harta de ser tan adulta y tan egoísta y tan sola. Más harta a la octingentésima vez que ahora, que ya estaba harta. Subiría, lloraría y dormiría, para despertarme y para pensar qué hacer después, qué genialidad adulta y egoísta me entretendría. Haría todo eso de forma autónoma, al menos. Podría mirar por la ventana o estudiar o caminar, o quizás leer o beberme una o mil cervezas autónomamente. Hay cientos de cosas que hacer para ocupar el tiempo, pero inevitablemente todas ellas iban a estar destinadas a ocupar el tiempo. Querría seguir durmiendo para no esperar. Pero al pensar en eso, bajando la calle, fui consciente del engaño de dormir: otra artimaña para llegar al final del día sin verlo y sin verme. De esa manera no se puede dormir. Mejor dicho, no se puede despertar, porque aun llegando al final del día, luego está el día siguiente y tener que volver a esperar más después de bajar otra vez aquella calle, llaves en mano, veinticuatro horas después, y luego cuarenta y ocho u ochocientas o las que sean, después de llorar y dormir. Pero es que resulta que volviendo hacia el piso, llaves en mano, pensaba en que subiría, lloraría y dormiría, y no querría despertarme después, porque me preguntaría qué es lo que hacen las personas adultas y solas y egoístas cuando esperan. Luego, habiendo vuelto a ser yo, me preguntaría qué haría cualquiera.

lunes, 21 de octubre de 2013

Desde la ventana

Es reconfortante la sensación de haber terminado temprano las tareas y pasar el resto del día sentada, observando por el balcón. Me gusta abrigarme y abrir las ventanas para respirar el aire frío que desprenden estas horas. Entonces yo me siento en la butaca y miro al cielo, no a la calle. Para mi sorpresa, hoy ha sobrevolado los tejados de la ciudad una bandada de pájaros. Sus siluetas dibujaban una flecha, una flecha perfecta.

              Sentir que el tiempo abandona poco a poco mi cuerpo sin poder hacer nada para evitarlo me intranquiliza. Aquí, sentada, observando, me atormenta la sensación de dejar escapar, minuto a minuto, bocanadas de aire que ya nunca habrán sido liberadas por nada ni por nadie. De todas formas, observo. A las siete y cuarto de la tarde las paredes de la azotea de enfrente se tornan anaranjadas y es cuando yo veo la puesta de sol reflejada en sus muros, hasta que todo se vuelve oscuro. Vivo en el piso más alto, por eso las azoteas de los inmuebles contiguos están al alcance de mis ojos. Me pregunto si el resto de edificios de esta ciudad tendrán, como el de enfrente a mi casa, una terraza encima. Es una especie de habitación sin paredes cubierta por un tejado rojo con la estrella de David agujereada en sus extremos. Cubiertas por él, hay mesas y sillas y muchísimas, muchísimas plantas. Pero nunca he visto a nadie. También me pregunto a menudo si en el techo de mi edificio habrá alguna azotea así.

                El otro día, varias casas más allá, me fijé en una mujer sentada en un tejado. Fumaba apoyada en la chimenea. Y aquello me encantó. También anochecía, igual que hoy. Me gustaría poder sentarme en el tejado, en lugar de esperar aquí dentro, al terminar mis tareas. Miré adonde estaba aquella mujer durante mucho rato. Supongo que pretendía que hiciera algo. Que hiciera ella algo o que se me ocurriera hacer algo a mí.


                Ahora, la terracita con el tejado judío apenas está iluminada. Sus paredes brillan con una tonalidad rojiza y brillarán así hasta que se apaguen. Luego, el cielo será rosa pastel y más tarde también se apagará. La mujer de varios tejados más allá no ha salido a fumar hoy, ni a apoyarse en la chimenea. De todos modos, si le diera por salir dentro de un rato seguramente ya no podría verla. En su lugar, hay antenas y está la cruz de la iglesia de la plaza de al lado. Como siempre. También se puede distinguir a un enanito de jardín colocado justo al borde de otro edificio.