sábado, 8 de diciembre de 2012

No te enfades:


Hay melodías que son frías, igual que hay calles de frío y bancos de frío. Escuchar en solitario ciertas obras es besarse con la soledad, aunque solo sea por el hecho de tener escarcha en los labios. Ni el invierno es tiempo de amar, ni los violines que amenizan los parques por las noches pretenden acompañar el paso de los enamorados. Pero es difícil disfrutar de la hora en la que se encienden los faroles así, sin tener nada en especial que enseñarle a la luz. Sobre todo cuando cientos de personas, cada noche, hacen apariciones fugaces bajo los focos amarillos, para desaparecer por siempre. Nosotros nunca hemos hecho eso. “Buscar calor no es buscar amor, por eso los inviernos son el tiempo de los solitarios; tiempos de fugacidad”. Creo que tenías razón cuando me confesaste eso en nuestro primer encuentro. Y hay obras y acordes de violín que solo saben sonar cuando debiera nevar y no nieva, cuando es invierno y no debiera serlo. Cuando yo no debería estar paseando. Pagaría hoy a cada músico para que esta noche solo reinase el silencio. Pero estas notas que se les escapan de los dedos a los artistas en las esquinas de las calles, nacerían hasta de las propias esquinas de las calles si los artistas no estuvieran. El invierno es tiempo obligatorio. Y también tiempo de imaginar.

Que ésta es la primera carta que te escribo, ya lo sé. Y por imaginar, imagino que ha pasado demasiado tiempo, aunque eso no lo sé con seguridad. No estoy segura de que la recibas. Me odiarás, supongo. También creerás que te escribo porque estoy sola. Pero es que es invierno, querido. Por eso estamos solos. O al menos yo lo estoy y por primera vez en mi vida. Si te escribo es porque me pregunto qué estarás haciendo esta misma noche; quizás también lleves guantes y estés pensando en mí. Ojalá. Puede ser que estés durmiendo ya, es tarde ¿Y si estuvieras soñando conmigo? O leyendo el diario con tus gafas tan gruesas y tus zapatillas marrones; y con el olor a tabaco y a café y a menta. Te imagino siempre en esa casa... Como cuando me decías que querrías esconderme allí por siempre, por siempre y para ti. Me lo imagino, pero no soy capaz de imaginármelo, en el fondo. De imaginármelo verdaderamente, quiero decir. La imaginación solo sabe aliviar superficialmente y lo que yo no sé es engañarme. Necesitas explicaciones, no lo he olvidado, porque no debió ser así. Todos necesitamos ciertas respuestas y yo te juro que no estoy en paz con mi conciencia; no dejo de pensar en tu salud, en lo que me cuidaste a pesar de ello. Demasiados años encima ya. Pero yo por eso necesitaba cosas. Necesitaría olvidar, para tu despedida, el calor y la característica dureza de tus manos en las mías cuando parecía que volábamos por nuestra avenida, por ejemplo. Necesitaría que no hubieras dejado recuerdos de caricias delante de las plazas más bonitas de la ciudad, con tu típico disimulo, siempre tan correcto. “No está bien que nadie nos vea; no es cuestión de montar escándalos”. Pero dejaste todas esas memorias, aun así. Todos tus años se hicieron gárgolas en las azoteas de los edificios. La ciudad eras tú y mi condena allí, un sendero único. Vestidos negros y espera eterna. Eso me quedaba y, total, nadie me comprendería. Nadie ha querido comprender nunca. Y es que a pesar de la tristeza que me provoca nuestra mutua soledad, no voy a sentirme culpable por nada. No puedo. Te echo de menos, tu ausencia me sangra, me quema, lo juro. Pero eran demasiadas las huellas abandonadas por el camino y el futuro solo se me antojaba vacío absoluto. Aunque ahora el horizonte parece invierno infinito, al menos las calles son otras ¿Qué iba a hacer yo cuando ya no estuvieras, cuando la muerte se cansase de esperar tantos años para encontrarse contigo? Quedaba poco. No hubo terceros, eso sí. Tampoco mentiras. Yo te quiero. Te quiero y te querré, porque tú me quieres y me querrás, aun cuando te hayas marchado. Por eso tienes que ser feliz, porque en ese sentido siempre, siempre, estaremos juntos. Pero, querido, es invierno. Era el momento. Porque el invierno es tiempo de soledad, de fugacidad, de frío. Porque es invierno he querido marcharme antes de que tú te fueras. Es invierno, querido, lo sabes, sabes que es invierno y que yo tengo trece años.


Loss of virginity, Gauguin

jueves, 6 de diciembre de 2012

A propósito del post anterior:


Getafe - Madrid

frío

tren ventana
perro muerto sangre vías
un perro muerto
tierra y columnas
aluminio intestinos
entrañas de uno varios puentes
sonia ese no será uno de tus regalos de navidad
sonia pide otra cosa
sonia ¿me escuchas? ¡sonia! mierda
hombres silueta sombras
humo
momias piel vieja hombres
oscuridad niños tirando piedras
ruido de cristal estalla
estos niños
basura
obras
vertedero de basura y obras
descampado de vertederos
gris roto gorros guantes lana
contenedores de ácido y piruetas juegos
figura soledad
negro
negro
negro
atocha
negro y amarillo
faroles piedras cables amarillos
kilómetros laberinto en línea recta
encerrados en el alma de una serpiente
negro y se ha acabado el blanco
próximo destino: sol
olvido
¡hasta mañana!
negro
negro
negro
tren puertas

frío

 

 

viernes, 16 de noviembre de 2012

Saber es una pena

No intentes decir nada.
Conozco los abrazos,
lo que no quieren decir ni dicen.

Obligatoriamente, sé.

Sé que
una noche, por ejemplo, es un punto.
Un punto y una pena.
Y una pena eso de los puntos,
de los "yas".
Una pena tener que saber a estas alturas
y preferir que nadie se moleste ya
en enviar invitaciones a cualquier túnel.
Una pena haber visto que en cada manzana
se esconden
amaneceres de diamantes,
pero amaneceres.

Siento mucho haberme dado cuenta
de que en lo que el alba nos arropa,
deposita adioses cada vez más sonoros
en nuestros oídos.

De verdad siento lo inevitable:
los hechos;
nuestra necesidad de acuchillar
las confesiones
todas las veces que hacen falta
antes de haberlas parido, y
tratar de evitar
que un pañuelo perpetuo
desanude nuestras pupilas.

¿Hubieras sido capaz de observarme
a mí?

Amor, amor:
amor
es fin, final, puntos,
por ser amor.
Desoigamos, 
pues, 
mejor al otro,
al de mentira.
Si es que de todas formas,
seguiríamos siendo nosotros
y doliendo,
querido alguno.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

sábado, 10 de noviembre de 2012

Cat Stevens



El Paseo de la Castellana y la lluvia y los árboles y el otoño y el gris


Instagram: @isagomezrguez

Aquella mujer vomitó en el metro


Aquella mujer vomitó en el metro
yo lo he visto
y nadie se levantó a ayudarla.
Ni un alma,
ni una sola,
se movió de su asiento.
Solo fuimos dos,
apenas dos personas
las que nos volvimos para mirar qué ocurría.
Meritorio, supongo.
No,
No puedo decir que existiera excusa aquella vez,
la excusa de no haberse enterado.
No existía excusa porque
el vagón entero resoplaba,
jadeaba por ella.
Ella, que estaba en pie.
En pie, digo,
y de espaldas
a mí,
a mi asiento,
a donde yo me encontraba.
Allí tras haber enmudecido al mundo entero al renegar de sus entrañas en un solo segundo.
Y antes había estado también allí y de la misma manera,
también en pie y
aferrada a su barra, a sus puertas de salida
que no se abrían aún,
aferrada y dispuesta 
a marchar.
Y digo que fue entonces,
y solo entonces, 
¡entonces y de repente!
Cuando se escuchó el inconfundible ruido de las jarras de agua al vaciarse,
cuando alguien las vuelca
de golpe.
Toda la furia de la ciudad entera se pudo haber estrellado contra el suelo
y resoplado
y ni aún así.
Así
sucedieron los acontecimientos.
Y yo lo reconozco.
Reconozco también que en un primer momento juré que la bofetada de líquido que había azotado al suelo era agua,
sólo agua,
que de verdad era una botella volcada y nada más y
miré a ver y la miré a ella a ver porque
quise comprobarlo y 
vi
que no,
que nunca existió botella,
ni furia del mundo,
ni agua de ninguna clase.
Que era ella,
era ella la que se palpó la frente,
la que dobló su revista,
y era esa misma revista que hasta el momento había sostenido entre las manos que ya cargaban con toda la indisposición que un cráneo es capaz de apresar,
era la revista empapada,
y ella la que se desabotonó el abrigo
sucio, muy sucio.
Y como si lo hubiera pedido,
fue ella la que impuso el silencio.
Todo ocurrió así.
Los acontecimientos se sucedieron
tan rápido como el silencio se sucede a veces.
Y viajamos en un sepulcro
al que nadie tuvo el valor de mirar
ni de exponer su cara,
ni sus ojos,
ni su piel,
ni su desnudo.
Aun la imagen fue luz en la mente de todos:
ella, claro.
Sus manos se aferraron a la barra para sostenerse
seguramente cabizbaja, para
¿otra embestida quizás?
Era una evidencia,
una evidencia que no requería de pupilas de nadie y
mis sesos fueron asimismo conquistados por el sepulcro.
Sí, mis sesos también,
y contraataqué clavando una flecha de vacío en su espalda 
que subía, que subía y que bajaba,
y la hendí en su pecho,
refugio de tantos suspiros.
En su pecho y en el mío también
que, como si la aniquilara,
sentí la nada conmigo y mi sepulcro.
Pero no llegué a pensar
en ningún momento.
Y se abrieron las puertas
y se presentó su salida
y huyó y 
tambaleante, se prendió de la única mano que quiso socorrerla y era
la salvación,
su salvación.
Un banco.
A través de la grasa de los cristales,
entre las cabelleras de los pasajeros,
se sentó:
piernas abiertas y frente contra el suelo
y sus dedos
me prohibieron verle la cara nunca más.
Nos lo prohibieron a todos.
Y ya se cerraron las puertas,
y se hizo el ruido
Yy los comentarios y las risas y el monótono silencio
que nunca tuvo que ver con ella.
La escena ya se había evaporado,
se desvanecía con aquella mujer
y arrancamos.
Y al arrancar pude pensar y pensé:
“Ojalá alguien la ayude..."
Pero entonces, 
entonces mierda.
Y de verdad que mierda
y que solamente mierda
porque entonces llegó el odio.
El odio al metro y a la gente y a la humanidad entera,
el odio más inmenso.
Odié
y me odié,
me odié y me odio.
Me odié profundamente.

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Mamasunción", de Chano Piñeiro



Este es un muy, muy recomendable corto sobre la emigración en Galicia y los años de posguerra. Y lo es, más todavía, para los que estén "lonxe da casa".

jueves, 1 de noviembre de 2012

Lo han anunciado como un recital poético

Niña durmiendo, María Blanchard



Cantan.
No me cantan a mí,
pero cantan.
Y no sé por qué cantan,
ni cómo pueden atreverse.
Menos aún entiendo
qué hago yo,
qué hago aquí,
donde cantan.
Donde hay que estar
una hora oyendo frases
tan huecas y sordas.
Una hora sin escuchar y
una hora
en soledad,
en transparencia,
siendo nadie.
Una hora
como tantas.

Las ventanas
no sienten el rasgueo de la guitarra
que también canta;
las ventanas brillan.
Y grita más la luz
de las farolas
que el íntimo baile
de las cuerdas con los dedos.
Y escucho más al neón
de las verdes cruces de farmacias
que el cantar
de todos los que se hacen llamar poetas.
Es más sangriento
el rojo de cualquier coche,
de cualquier intermitente,
que la sangre.

Otra voz:
la voz
de esta mujer más,
golpea;
maltrata al aire escondido
en las diez esquinas
de la sala
y el de las otras diez
de mi mente.
Una hora y ya no queda más cerveza
y, por eso, sé
que yo soy
la única
que no debería estar aquí,
en recitales de gárgaras.
La única que
no es personaje
en ninguna parte.
Una hora 
y se ha terminado la cerveza;
una hora y pienso
en volver a casa.
Pienso, sí, en
qué casa seguiría siendo mía y
en cuál lo ha sido alguna vez.
Una hora y
¿y si volviera?
Si volviera,
si volviera o si no,
sería lo mismo.