Realmente es curioso la preocupación por tantos proyectos, fingiendo olvidar el destino. Es curioso dar el todo por el nada, si en nada acabará. Tanta prisa, tanto nerviosismo, tantos pasos frenéticos hacia el fin de la cuerda floja, tratando de llenar tus millones de manos de aquello que únicamente facilitará que el esfuerzo resbale y se pierda. Porque el esfuerzo se pierde, lo sabes, aunque finjas haberlo olvidado. Esa mañana de abril llegará para todos. Puede que con suerte el recuerdo que tú mismo hayas olvidado perviva en las campanadas sordas de la iglesia en una esquina de un barrio, de esos donde los perros ladran y las viejas caminan con párpados cerrados. Esos santuarios que respiran del aire viciado del vacío de sus bancos, de esos en los que nadie cree, de esos que las rosas no huelen porque el color las ha secado.
Lástima que solamente nadie escuche entonces las memorias. Lástima que yo sea nadie. Lástima.
Ha vuelto el mismo sentimiento. Esa mano que hacía ya tanto que no me tocaba, vuelve hoy a apretar mi cuello, clavándome sus uñas, mordiéndome con sus dedos, matándome. Exprimiéndome en lágrimas. Ahogándome en sollozos. Lo odio. Pero sobre todo, odio el cielo de hoy. El sol brilla a través de las nubes oscuras. Hoy la luz parece más opaca y más fría, hoy la luz es gris. Un gris que tiñe mi sangre, que la absorbe ¿Qué es la vida, más que sangre derramada? Se cuela por las grietas de sus manos congeladas de suelo. Sostienen nuestros cuerpos, de papel, y soplan. Y nos hundimos. Luego los árboles se alimentan de ella, y crecen, y tapan aún más la oscura luz. Más que las propias nubes.
Y es de nuevo otro amanecer, sin ganas. Amaneceres de rabia y de amargura. Y es este estanque en el que vivimos, el que nos ahoga en nuestras propias penas de aire condensado. Me mata pensar que siempre, siempre será el mismo. El olor de esta casa podrida es el mismo que el de la avenida sucia de ratas en la que yace. No sé nada. ¿Cómo debo sentirme? Necesito a alguien que me explique a dónde debo agarrarme ahora, ahora que soy yo la que sostengo bajo un dedo de hormiga el peso del mundo. Temo caer por si caen conmigo, y temo el simple hecho de caer. A veces mi corazón se transforma en una bolsa arrastrada por el viento; un poco rota, un poco sucia. Quizás sea la soledad de personas, pero qué más da eso. Quizás la muerte quiera llamar de nuevo a las puertas de madera, tirarlas de un soplo para penetrar entre las cuatro paredes de mimbre de mi casa. Y llevárselas, llevármelas. Otra vez. Justo ahora. Como a él, para caer en un cúmulo de recuerdos que asesinan un poco cada día.
Abrir los ojos es contemplar puertas abiertas de salida, con una mujer desconsolada gritando, en el suelo, porque su corazón se ha ido. Porque se ve obligada a vivir sin amor y sacar todo su sufrimiento adelante, con ellas. Sé que podrá hacerlo. La conozco. A pesar de las complicaciones de la enfermedad, que parece haberse colado por los huecos que dejan ventilar de brisas de humo de ciudad. Y es una niña de pieles y huesos en quien se ha convertido. No hay apoyos porque han escapado. No hay nada. Y yo… ¿y yo?
Yo, más muerte. ¿Qué augura el paso del tiempo si no muerte? Muerte tardía, temprana. Muerte de distancia que te arrebata el cariño de momentos felices. Te echo de menos. Muerte. ¿Por qué escoger? Sólo queda esperar y así llegar al mismo destino que tú o ella, con más o menos heridas, agujeros, ganas, alegría. Rectifico: no, no hay alegría.